En la gestación de Torrente sobrevolaba la imagen de «Martínez el Facha», un personaje creado por Kim para El Jueves, en torno a un nostálgico franquista que vivía en un patético ocaso. El primer Torrente era la historia de una redención.
Un rodaje accidentado afectado por los coletazos de la Covid-19, una segunda parte retrasada más de la cuenta, una sensación crepuscular de final de partida, un argumento con ecos provenientes de las siete entregas anteriores y un Tom Cruise eterno, decidido a seguir a toda costa, determinan lo que «Misión imposible: sentencia final» encierra en su interior.
Cuando se enroló a James Wan para dirigir el destino de «Aquaman» la noticia sorprendió ligeramente. Avezado en el horror y la crueldad, el autor de «Saw» (2005), «Insidious» (2010) y «The Conjuring» (2013), factótum del cine de terror, productor y guionista, este australiano de origen malayo y de apenas 1,60 metros de altura, ha sido responsable de no pocos sobresaltos y de muchos miedos.








