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En esencia, de lo que va «¡La novia!», de lo que se ocupa Maggie Gyllenhaal, directora y guionista de esta película, es de la resurrección de los insurrectos. Si se prefiere, cabría afirmar que el núcleo ardiente de «¡La novia!» muestra lo que se merece mostrar en tiempo de víctimas; busca encender, en la hora de la pesadilla, la llama(da) de los rebeldes con causa.

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Así como Akiva Schaffer no es David Zucker, el final de los 80 y los primeros 90, poco tienen que ver con estos histéricos años 20 sustentados sobre la madre de todas las mentiras. Farsas judiciales, falsedades políticas, patrañas económicas y calumnias bélicas circunvalan el tiempo histórico de esta nueva incursión en el cine disparatado, el de la acumulación de bromas políticamente incorrectas. Es la hipérbole del «caca, culo, pis».

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Cuando en 1979 Werner Herzog rescató y reinterpretó el «Nosferatu» de Murnau, aquel gesto se sabía cuestión política. El director que cuando hace ficción, documenta el sufrimiento y cuando se dice documentalista, convoca los sueños, despertó a Nosferatu para recuperar la propia historia de Alemania, para devolverla al lugar de lo que había existido.