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A medio camino entre el Saturno devorador de sus propios hijos y Narciso, el vanidoso enamorado de sí mismo, se perfila Andrew Dyer (Bill Nighy), un escritor se nos dice que laureado y que lleva veinte años sin escribir ni salir de casa. Víctima del éxito, ese Andrew Dyer encarna la aberración en la que desembocan los necios ilustrados ablandados por el dinero, la fama y el poder.

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La acción de «Tiempo de Victoria» acontece en apenas tres días. Los que precedieron al 6 de junio de 1944, el día D, el del desembarco aliado en Normandía. La obra de David Haig, autor de la novela y coguionista de la película, crece sobre la frase atribuida a «Ike» Eisenhower al preguntarle años después por qué se ganó aquella batalla: «Porque teníamos mejores meteorólogos que los alemanes».

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Se cuenta que Chuck Jones creó al «Coyote» y al «Correcaminos», a finales de los 40, inspirado por una breve digresión de Mark Twain en su novela «Pasando fatigas» (1872). En esa historia sobre la fiebre del oro que vivió y sufrió el propio Twain en primera persona, se afirma que cuando el hambre aprieta, hay coyotes que son capaces de cazar correcaminos.

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Le faltan unas semanas para cumplir 89 años, pero su cine, esas películas que año a año con regularidad relojera ha ido construyendo, no lo aparentan.  Autor de piezas que siguen fascinando a jóvenes espectadores y a cinéfilos veteranos como «Los duelistas», «Alien: el octavo pasajero», «Blade Runner», «Thelma y Louise», «Gladiator», «El reino de los cielos» y «El  último duelo», entre casi 30 largometrajes, nadie diría que Scott está  a un paso de convertirse en nonagenario.