SEÑOR MANGLEHORN

El inequívoco atractivo de lo raro

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Título Original: MANGLEHORN Dirección: David Gordon Green Guión: Paul Logan Intérpretes: Al Pacino, Holly Hunter, Chris Messina, Harmony Korine, Natalie Wilemon, June Griffin Garcia País: EE.UU. 2014Duración: 97 minutos ESTRENO: Agosto  2015

Hay películas de difícil ubicación. ¿Qué cuentan?, ¿a qué género pertenecen?, ¿a qué se parecen? En el caso de Señor Manglehorn no hay respuesta fácil ni evidente. Tampoco resulta sencillo discernir cuáles son sus fundamentos. Veamos. Tenemos a un peso pesado de pasado ilustre y de presente turbio, Al Pacino. A su lado, una gran dama que conoció tiempos mejores y vivió altos vuelos, Holly Hunter. Entre ambos, en un papel que es algo más que un cameo preñado de guiños para iniciados, un director de culto, Harmony Korine. Sólo por esa mezcla imposible, ya estaríamos acentuando algo: este señor quiere ser raro.
Si además, al frente, como responsable directo, nos encontramos con David Gordon Green, la (con)fusión está servida en recipiente helado. Recordemos: Gordon Green es un cineasta atípico que, viniendo de la comedia fumada, ha llegado a un drama intenso de silencios y sobreentendidos, de enigmas y secretos.
Todo connota bajo la gran lupa de una pantalla de cine y, aquí, ese todo se proyecta de manera superlativa.
Señor Manglehorn es un filme de capas superpuestas que se entrecruzan en bizarros nudos que nunca nos son totalmente desenredados. Nada se narra de forma explícita, nada se desmenuza con claridad, nada se agota por completo. Al contrario. (Re)Cae en el público la tarea de descifrar lo que aquí yace enterrado en su seno.
Si se repasa lo que ha hecho Gordon Green, (El canguro, 2011; Caballeros, princesas y otras bestias, 2011; Prince Avalanche, 2013 y Joe, 2013), la conclusión provoca también desconcierto. Y sin embargo, sabemos que Gordon Green aparece en EE.UU. como uno de esos valores seguros nacidos para triunfar. Si se le leen sus declaraciones, la sombra de Terrence Malick y el poso y peso del cine setentero abundan. Si nos adentramos en Señor Manglehorn la cosa adquiere un fondo espeso que descansa más en las sombras de lo no dicho que en la hondura de lo escrito.
El protagonista que da título al filme, ese señor Manglehorn, deviene no ya en símbolo sino en tótem. Desde el mismo arranque lo vemos en pleno trabajo. Pese a que es un veterano jubilable, va de puerta en puerta para ofrecer sus servicios de cerrajero. Abre lo que otros dejaron cerrado. Por descuido. Porque quizá no sea suyo. Por pérdida. Por abandono.
Sin embargo, ese no es el tema. Sino el tiempo. Ahí crece su sustento. En concreto en esa agridulce reflexión sobre la edad. De eso va este filme. Del envejecimiento, del perdón, de la esperanza y del olvido.
Manglehorn vive rodeado de llaves pero carece de la clave para recuperar su pasado. Poco a poco, fragmento a fragmento, gesto a gesto se nos da a entender que Manglehorn tiene un hijo especulador y una nieta de anuncio. Que una bella y madura mujer empleada del banco donde guarda su dinero, se derrite por él. Y que su gato se ha tragado una llave y eso le provoca dolor, eso lo está matando. El sustento simbólico del guión escrito por Paul Logan da mucho juego. Tanto, que Logan no ha dudado en saltar la muga de lo mágico. Porque el señor Manglehorn, se nos desvela sin decirlo claro, fue un entrenador extraordinario. Un campeón con capacidad para dominar lo fabuloso, un profeta dotado de poderes milagrosos. Como en una suerte de duermevela, el relato se descubrirá como proceso iniciático; una historia de redención que evita lo obvio y sortea lo evidente. Lo mejor es que no incurre en el masajeo emocional y que le da a Al Pacino, un regalo enorme: lucirse con un personaje más translúcido que transparente; resbaladizo e inquietantemente ambiguo.

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