RICHARD JEWELL

Título Original: RICHARD JEWELL Dirección: Clint Eastwood  Guión: Billy Ray (Artículo: Marie Brenner) Intérpretes:  Paul Walter Hauser,  Sam Rockwell,  Kathy Bates,  Jon Hamm y  Olivia Wilde País:  EE.UU. 2019  Duración:  131  minutos

Paranoia USA

En los minutos del desenlace, cuando el via crucis de Richard Jewell da síntomas de desmoronarse, Clint Eastwood deja que sea el propio Jewell, o sea el actor que lo representa, quien verbalice el sentido de este filme: “si se sospecha del héroe -se nos dice- nadie querrá asumir esa tarea”. Hasta ahí de acuerdo pero es que ese héroe, o sea el citado Jewell, presenta el mismo perfil psicopático con el que David Fincher y demás responsables de la serie “Mind Hunter” dibujaron a Edmund Kemper, un asesino de colegialas. 
Basado en hechos reales -casi todo el cine que Eastwood ha filmado últimamente ha surgido de las noticias de la prensa-, “Richard Jewell” representa la enésima obra que el Eastwood director dedica al héroe sin rostro desde que el Eastwood actor no protagoniza sus historias. Ahora bien, aunque nadie desea jubilar al mito por más que el mito haya perdido la magia, lo menos que se debe decir de “Richard Jewell” conduce a emparentarla con las últimas piezas de Ken Loach. El norteamericano, como el inglés, ha perdido precisión y hondura. Porque lo que hacen ambos en estos momentos se llena de brochazos maniqueos al servicio de retratos tan borrosos como simplistas. 
En “Richard Jewell”, los antagonistas, una periodista de colmillo retorcido y cerebro plano que obtiene las exclusivas entre sábanas y un agente del FBI que parece el Matute de Don Gato, -no se entera de nada-, invalidan todo atisbo de querer tomarse en serio esta parodia.
En este filme no hay noticia del autor de “Bird”, “Gran Torino” o “Mystic River”. Solo queda la incapacidad de reflexionar sobre algo que abunda en una cuestión peligrosa. En EE.UU. la caza de brujas y la paranoia social dan síntomas de una sociopatología generalizada. 
Sin quererlo, lo mejor de esta recreación se atisba en los detalles menores, en ese paisaje abonado por el simplismo y la banalidad. Ante él, Eastwood no emite ni una sola señal de alarma ante lo evidente: un patriotismo enfermizo cuyos héroes se parecen mucho a sus peores psicópatas, cuyos policías dan síntomas de estulticia y cuyos medios de comunicación ni buscan la verdad ni les interesa. Pero Clint Eastwood opta por revivir la anécdota.

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