CIUDADES DE PAPEL

La chica del chico

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Título Original: PAPER TOWNS Dirección: Jake Schreier Guión: Scott Neustadter, Michael H. Weber (Novela: John Green)   Intérpretes: Nat Wolff, Cara Delevingne, Halston Sage, Austin Abrams, Jaz Sinclair País: EE.UU. 2015 Duración:  109 minutos ESTRENO: Agosto  2015

Franceses y norteamericanos son especialistas en construir películas sobre ese estadio de perturbación pasajera llamado adolescencia. A ese subgénero, muchas veces resuelto en clave autobiográfica donde la voz del protagonista ejerce de narrador que secuencia a secuencia nos desvela los secretos de su diario personal, pertenece Ciudades de papel. Más adelante sabremos, se nos hará saber, que existen lugares imaginarios inventados por los escritores (re)celosos de ser copiados, de manera que quien se refiera a esas ciudades, no hará sino cometer dos errores. Uno, el de la ignorancia: no existen. Otro, el del plagio.
Basado en la novela de John Green y resuelto con una serenidad impropia en tiempos de videoconsolas y desmadres con acné desparramado, el filme fluye con una suavidad cómoda, sugerente. En realidad la novela de Green escarba en una mina explotada desde el origen del cine, la del chico quiere chica, en un proceso de crecimiento que lleva a asumir un áspero bautismo en la traición, el rechazo, el amor y el desengaño… aunque no necesariamente en este orden. Como dirige Jake Schreier, sabemos que estamos en suaves manos. Schreier fue el director de Un amigo para Frank (2012), un insólito relato futurista que fabulaba sobre la amistad entre un anciano al que la memoria se le agrieta y un robot que parece ser su consuelo más humanizado.
Aquí como allí, la mejor virtud de Jake Schreier encierra también su pecado máximo. Poco amigo de la estridencia y del sobresalto, este relato que habla del recuerdo de un joven enamorado desde niño de la vecina de al lado, obligado a asumir una aventura que no es sino el necesario proceso de maduración, se ejecuta con un indisimulado homenaje al mundo del arte literario. Así, con reflejos y flashes, con sensaciones cercanas y el deseo de no excederse nunca demasiado, el filme aúna melancolía con romanticismo. Una suerte de concierto académico, canónicamente ejecutado y que calza zapatillas deportivas en un clima de juvenil autocomplacimiento.

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