LA SEÑORITA JULIA

Antagonía de sexo y clase
foto.laseñoritajuliaTítulo Original: MISS JULIE Dirección: Liv Ullmann  Guión:  Liv Ullmann (Obra: August Strindberg) Intérpretes: Jessica Chastain, Colin Farrell, Samantha Morton, Nora McMenamy Nacionalidad:  Reino Unido. 2014  Duración:  129 minutos ESTRENO: Diciembre 2014
Liv Ullmann nació en Tokio en 1938 por casualidad y la casualidad quiso que su vida cambiara sustancialmente cuando Bergman la escogió para protagonizar Persona (1966). Aquella película, acometida por el autor de Fanny y Alexander tras un período hospitalizado, fue un dulce fracaso. En taquilla funcionó mal, pero a Bergman le reportaría dos triunfos. Uno: convertirse en una de las cumbres de su carrera, y en Bergman las obras maestras abundan, y dos; alimentar el despunte de su relación-vinculación con Liv Ullmann, la mujer que más serenidad aportó a su vida y quien, finalmente, ha quedado como su verdadera heredera artística.
De hecho, esta Señorita Julia, con la que tras un largo silencio regresa a la dirección Ullmann, puede verse como un homenaje a Bergman. La señorita Julia fue la última obra representada en la escena teatral por Bergman, el capítulo final a una trayectoria descomunal. Sin embargo, en esta adaptación inspirada en la pieza de Strindberg y tamizada por la propia cineasta, Ullmann se toma algunas licencias desconcertantes. En su interpretación se proyecta un cúmulo de aciertos y titubeos, un puñado de sensaciones contrapuestas que llevan al filme por un extraño tobogán. A veces, su mirada resulta poderosa, exacta, profunda; otras, la película se vuelve reiterativa, dubitativa, incierta.
Buena culpa de ello la tienen, lógicamente, sus dos principales intérpretes. Si Jessica Chastain, con su rojiza presencia proyecta algo de ese fuego destructor que en cada representación quema la Julia creada por Strindberg, Colin Farrell aparece mucho más disperso, ausente a veces, excesivo casi siempre, fuera de sitio, pese a dejarse la piel en cada palabra, en cada plano, en cada secuencia. Del espíritu de Strindberg, un autor muy querido por Bergman, que acudió con frecuencia a su universo como material básico de su hacer teatral, permanece ese duelo de clases y sexos, esa pulsión (auto)destructiva a la que Ullman tiñe con el barniz de una Ofelia pre-rafaelista salida de un Shakespeare al que sin embargo Bergman poco frecuentó.

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