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El nombre de Alex Garland empezó a sonar en el ambiente cinematográfico en el año 2000, en ese punto vertebral en el que el siglo XXI enterraba al siglo XX. Entonces pocos repararon en él. Era el autor de la novela “The Beach” (1994), el texto de partida de la película protagonizada por DiCaprio y dirigida por Danny Boyle, un director con el que Garland ha tenido mucho que ver.

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Estrenada de soslayo en cines pero acompañada con los clarines de honor de la plataforma que la creó, Netflix, “El agente invisible” ofrece un impagable testimonio del signo de los tiempos. Los hermanos Russo dejan el universo Marvel para abrazar el mundo del thriller de acción. Así, lo que empezó con 007 y alcanzó con el cambio de siglo su excelencia a través de la saga Bourne, encuentra en “El agente invisible” la sublimación de esa naturaleza de coreografía de violencia y muerte.

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Han pasado casi 17 años desde el estreno de “Paradise now”, la obra con la que despegó la carrera fílmica del director palestino Hany Abu-Assad. Quienes no hayan olvidado la angustiosa atmósfera que presidía la crónica de los suicidas musulmanes que se autoinmolaban convertidos en bombas andantes, volverán a sentir en “La traición de Huda” parecidas sensaciones, idénticos miedos.

Se cumplen 22 años de “Memento”, un filme referencial con el que despegó el talento de Jonathan Nole y en el que se encumbró la figura de Guy Pearce. La efeméride no es ajena a lo que “La memoria de un asesino” dirigida por un Martin Campbell desfondado, parece pretender. Ambos filmes giran sobre la fragilidad de la mente.

La presencia de Nicolas Cage ya preludia que “Pig” no seguirá las directrices del thriller convencional. Ese rechazo a lo rutinario empieza en el guion. No son comunes las mimbres que entrelazan su argumento. En ese libreto coescrito entre el director, Michael Sarnoski, y su compañera de estudios en Yale, Vanessa Block, se apuesta por cierta excentricidad, la que probablemente sedujo a Cage para aceptar el papel.

Habría que descender a profundidades hoy ya casi olvidadas para percibir la nobleza que, a mediados del siglo XX, supieron destilar unos pocos poetas del cine. Que cada uno ponga el nombre que desee; de Mizoguchi a Bresson, de Ozu a Dreyer… No encontrarán muchos y ni siquiera ellos, maestros incuestionables, fueron siempre capaces de rozar lo inasible.

Lejos de Marsella y sin la complicidad de sus habituales, de Ariane Ascaride a Jean-Pierre Darroussin, sorprende encontrarse a Robert Guédiguian a tan larga distancia de su zona de confort. De sus compañeros de viaje permanece Pierre Milon, un director de fotografía habitual en el hacer de Guédiguian y también colaborador frecuente de Laurent Cantet.