BIRDMAN

Vanidad o no vanidad

foto-birdmanTítulo Original: BIRDMAN (La inesperada virtud de la ignorancia) Dirección: Alejandro González Iñárritu  Guión:  Alejandro González Iñárritu, Nicolás Giacobone, Alexander Dinelaris y Armando Bo Intérpretes: Michael Keaton, Zach Galifianakis, Edward Norton y Naomi Watts Nacionalidad:  EE.UU. 2014  Duración:  119 minutos  ESTRENO: Enero 2015

La enfermedad de Iñárritu probablemente ya no tiene remedio. Se llama vanidad y al autor de Amores perros ese cáncer le ha oxidado hasta la médula ósea. Birdman parece una gran película pero apenas acierta a balbucear un grito de impotencia, la de su director que constantemente se retrata con ella y en ella. Posee un sofisticado guión, una partitura de lujo montada sobre dos rieles. El de la izquierda, sueña con el Fellini de Ocho y medio, el de la derecha desentierra al Cassavetes de Opening night. Entre medio se le escapa la fe de P.T. Anderson y el delirio de Carax. Pasa del autoanálisis a la reflexión sobre el teatro pero en sus entrañas todo regurgita vacua solemnidad. Como, por ejemplo, ese montar todo el filme con un falso plano-secuencia acrónico. Esto ya no es posmodernidad, es rococó de autor con alma de papel arrancada a Batman aunque, por derechos de autor, el muerciélago sea aquí un pajarraco de graznido cazalloso y gesto contrito. Por eso Birdman se sirve de la (con)fusión entre realidad y ficción, entre metalenguaje e información, entre el personaje y quien lo encarna. Iñárritu exprime una idea-base: preguntar ¿qué pasó con Michael Keaton, el actor que representó dos veces al Batman de Tim Burton y por qué renunció al personaje? Años después, Nolan como director y Bale como actor concibieron con Batman una trilogía de culto sin avergonzarse de ella y con pretensiones de autor.
Un poco al estilo del Jonze de su primera incursión, aquella que convertía a Malkovich en eje de lo real y paradigma de la ficción, Keaton, un actor demasiado condicionado por un físico sin relieve, encuentra la oportunidad de reivindicarse. Su personaje, un neurótico con brotes esquizoides, aspira a sublimar en la escena teatral lo que el cine le (impi)dió. Esa es la carcasa. La realidad, es que a Iñárritu no le interesa la verdad de Keaton sino su propia sensación de ocaso triste. Eso convierte a Birdman en una venganza que mira a la juventud con el deseo de arrancarle los ojos para volver a ver lo que ya no verá. Y es que Iñárritu olvida que los perros del esplendor no se buscan, te encuentran. A él, ¿definitivamente? parece que ya no.

DESCI

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