LAS DOS CARAS DE ENERO

El escaso talento de Mr. Amini
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Título Original: THE TWO FACES OF JANUARY Dirección: Hossein Amini Guión: Hossein Amini; basado en la novela de Patricia Highsmith Música: Alberto Iglesias Intérpretes: Viggo Mortensen, Kirsten Dunst y Oscar Isaac Nacionalidad: EE.UU. , Reino Unido y Francia. 2014 Duración: 132 minutos ESTRENO: Junio 2014
 
Cuando el filme se despide, Amini dedica un guiño-recuerdo a dos cineastas de notable peso específico: Anthony Minghella y Sydney Pollack. Lo mismo hizo la actriz Kate Winslet cuando fue nominada para el Oscar por su papel en El lector. Y es que ambos, fallecidos casi al mismo tiempo, formaron un buen equipo cuyos proyectos inconclusos poco a poco van aflorando. Un consuelo que deriva en pena porque, en ambos casos, su ausencia afecta al resultado.
Las dos caras de enero nos lleva sin escapatoria a El talento de Mr. Ripley, el filme que en 1999 consolidó el prestigio de Anthony Minghella y el talento de Matt Dammon. Aquí como allí, el universo de Patricia Highsmith lo preside todo. Esa capacidad de adentrarse en la mezquindad de los seres anodinos ha tentado para bien a muchos cineastas. Entre los más acertados: Alfred Hitchcock, René Clément y Win Wenders, además del citado Minguella. Hossein Amini no formará parte de esta galería de buenos adaptadores del papel al celuloide porque, a diferencia de los citados, su mirada renuncia a asumir un sitio propio. En este caso, el iraní Amini pensó en Minghella y se olvidó de su propio sitio. De ahí que Las dos caras de enero, un paseo por los paradigmas de Highsmith: celos, homosexualidad latente, traición, accidentes letales, ambición de dinero y pulsión de muerte, aquí se cocinan al sol de una Grecia de ruinas que son reliquias y de turistas que no son sino prófugos. A Mortensen, Dunst le interesa más bien poco. Sus interpretaciones no desprenden pasión, su evolución, carece de misterio. Salvo un par de secuencias transterradas de la letra de la Highsmith, lo demás es mera ilustración añeja, descolorida estampa como si, en vez de filmarse ahora, hubiera sido llevada al cine hace 40 años. Ni Pollack, ni Minguella estarían felices ante esta obra que carece de perversidad, de ironía y de vitriolo.

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