Desde el delirio, a medio camino entre la ambición y la insensatez, Bi Gan (Kaili, 1989) expone en 160 minutos su «Histoire[s] du cinéma». Lo que Jean-Luc Godard abordó en clave documental entre 1988-1998, bajo la forma de un ensayo de saqueo, talento y humo; o sea recopilando reliquias de mil y una películas de lo que el cine fue, Bi Gan lo reinventa bajo la apariencia de un relato onírico.
Tal vez fuera en «Porco Rosso» donde Miyazaki mostró con más determinación su capacidad para asomarse al lado siniestro de la carcajada. Y sin duda fue en este filme de 1992 donde su ideología se mostró de manera más explícita al sintetizar su fábula cinematográfica en una frase: «prefiero ser un cerdo que un fascista».
Como estilemas arrancados de su propia autobiografía, Lin Jianjie inserta en su primer largometraje, «Breve historia de una familia», imágenes disruptivas. Estos huéspedes inesperados, planos de forma circular como si fueran instantáneas robadas a un microscopio, nos recuerdan una frase que acompaña la presentación biográfica de este inquietante, gélido e impecable cineasta.
Habría que descender a profundidades hoy ya casi olvidadas para percibir la nobleza que, a mediados del siglo XX, supieron destilar unos pocos poetas del cine. Que cada uno ponga el nombre que desee; de Mizoguchi a Bresson, de Ozu a Dreyer… No encontrarán muchos y ni siquiera ellos, maestros incuestionables, fueron siempre capaces de rozar lo inasible.
Al menos tres factores resultan determinantes para desvelar lo que “El último duelo” recorre en sus tres actos. Uno, claro está, responde al nombre de su director, Ridley Scott, un cineasta irregular, autor de piezas fundamentales con las que se ha forjado el imaginario de los últimos cuarenta años.
El título, “2046”, hace referencia a un tiempo, a un “no lugar”, a una ciudad imaginaria y al improbable número de una habitación de hotel. En el último caso, se corresponde con la habitación que su protagonista quiere habitar pero que, a lo largo del tiempo que dura este filme, nunca lo hará porque, de manera obsesiva permanece en la puerta de al lado, la 2047.
Ante la actual situación de zozobra e incertidumbre, cuando resulta poco sensato prever cualquier actividad a más de dos o tres semanas vista porque no cesan de sonar las llamadas al confinamiento o nos estremecen sacudidas polares que no se habían vivido desde hacía más de medio siglo, conmueve recibir una iniciativa como la promovida por una distribuidora española de vocación independiente y actitud de riesgo.
Hace años, en 1977, Tony Leblanc, espoleado por José María Iñigo, llevó al apoteosis su carisma de cómico televisivo comiéndose una manzana en un “Martes Fiesta” de TVE. Durante 3 minutos tan eternos como los cinco a los que cantaba la canción de “Te recuerdo Amanda” de Victor Jara, Leblanc, con un bongo como mesa, peló la manzana con parsimonia y bocado a bocado se la comió ante la estupefacción de decenas de personas en directo y la perplejidad de millones de telespectadores.



