No es cuestión de repetir lo obvio. El cine rumano carece de una industria audiovisual relevante. Ni las circunstancias económicas ni el poderío de su país lo permiten. Pero cultiva una actividad audiovisual de alta dignidad.
Señalada como una de las grandes películas de este año, «Misericordia» desembarca precedida por la aclamación crítica y la admiración festivalera. Pero conviene tener en cuenta que una parte de esos aplausos pertenecen, no tanto a lo que aquí nos aguarda como a la trayectoria de Alain Guiraudie, un cineasta francés que se hizo universal a raíz de su cuarta película: «El desconocido del lago» (2013).
A algunas películas se las ve venir desde el minuto uno. Si además, como en este caso, vienen firmadas por un cineasta veterano cuya coherencia no cede a tentación alguna, su visión se convierte en un acto de confirmación, un suspiro de reafirmación. Así pues, “El caso Braibanti” crece sobre un gesto de fidelidad extrema.
Almodóvar comienza su primer western, que ni es western ni es largo, con el manual de John Ford bajo el brazo. Como relata Steven Spielberg en “Los Fabelman” al reconstruir la fugaz conversación entre el autor de “Tiburón”, o sea él mismo, y el viejo maestro de “El hombre tranquilo”, o sea John Ford: en el arte cinematográfico la clave está en saber cómo colocar la cámara en relación con el horizonte. O arriba o abajo pero jamás en medio; esa es la “boutade”.







