Charlotte Devillers y Arnaud Dufeys colocan al espectador en el lugar de la jueza. Con una cámara anclada allí donde lo real se hace insoportable, asistimos a un juicio por la custodia de una adolescente y su hermano pequeño.
Lo que hoy cenan en EE.UU., mañana se servirá en nuestro desayuno. Es lo que nos toca desde que finalizó la II Guerra Mundial. Cosas de la hegemonía económica, el imperialismo cultural yanqui y las obligaciones de la dependencia militar que Occidente tiene con respecto al único país del mundo que no dudó en arrojar bombas atómicas contra un enemigo ya derrotado.
En un titular de prensa publicado durante los días oscuros del proceso contra el alcalde de Ponferrada, una frase supuestamente textual de la madre de Nevenka decía algo así como: «Entregué mi hija al Ayuntamiento y me han devuelto una piltrafa». Esa frase, producto del dolor y la desesperación de una situación tortuosa, encierra un paradigmático sentido. Especialmente por el verbo con el que empieza: «entregar».
Chile, como Portugal, se ubica en un territorio rectangular más largo que ancho visto según las cartografías canónicas. De cualquier modo, recorrerlos de norte a sur cuesta mucho más que atravesarlos del este al oeste. Oscurecidos por la ruidosa sombra de sus vecinos colindantes, se diría que sufren la condena de estar subordinados a Argentina y España respectivamente.
Desde el primer segundo, preludiado por las informaciones que se nos han ido dando, las simpatías están con esta película que, pese a la humildad de su producción, ha sido nominada para el Óscar. Sarah Polley, bien conocida por su hacer como actriz con Isabel Coixet, Atom Egoyan, David Cronenberg, Michael Winterbottom y Terry Gilliam, o por su trabajo como directora: «Lejos de ella», (2006), se sirve de la obra de Miriam Toews, una fábula anacrónica que acontece en 2010.






