ZINEMALDIA 2015 – 20/09/15

La dignidad del cine humilde

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Rúnar Rúnarsson, cineasta de la poco divulgada cinematografía islandesa, y los hermanos Larrieu, dos buenos conocedores de la muga pirenaica y su idiosincrasia fueron los encargados de defender la sección oficial a concurso en una jornada en la que todo parecía girar en torno a Raphael y su “gran día”. Dos comparsas humildes que dieron lugar a dos propuestas más que dignas donde brilló en especial la cortante y rigurosa Sparrows, un relato iniciático tan lleno de luz como asfixiado por la zozobra interior de sus personajes. Pura lección de coherencia y sobriedad, características con las que cuesta mucho más esfuerzo levantar esos aplausos que el masajeo emocional y la humedad lacrimógena reciben con generosidad.

La médula que sostiene Sparrows gira en torno a una pregunta. ¿Puede un mirlo blanco sobrevivir en el infierno helado de la Islandia profunda? El mirlo blanco en cuestión es un adolescente de voz seráfica y vida tranquila al que un nuevo destino de la madre, le devuelve al territorio paterno, un espacio rural lleno de malos recuerdos, rebosante de nada.

Rúnarsson, que demuestra estar muy al día de los procesos seguidos por el cine europeo del siglo XXI, de Cantet a los Dardenne, se enfrenta a ese periplo con la cámara tranquila y con objetivos limpios de argucias. Todo comienza con la imagen del espacio simétrico de una cúpula y todo camina hacia una tragedia anunciada que sólo el perdón y la resignación podría evitar. Esa es su historia. La de un teenager ensimismado, poseedor de una voz angelical e hijo de padres separados al que las circunstancias le llevan a recomenzar justo allí donde todo había terminado.

Con prosa seca y planos medidos, con una interpretación precisa y en una atmósfera agobiante, pese a habitar en un horizonte abierto de nieve, agua y montañas, Sparrow se pega a la piel de su protagonista para desmenuzar ese paseo por una sociedad de escasos divertimentos y de futuro crepuscular. La vida en el noroeste de Islandia es dura, fría y oscura. Puro territorio comanche transitado por barcos pesqueros, industrias conserveras y días interminables de cerveza, sexo y miseria. En ese horizonte western donde la épica se reduce a cazar alguna foca y el heroísmo se gasta en saunas y borracheras, un niño cantante tiene poco que decir. En consecuencia, mira y calla. Y en ese proceso, crece. Se endurece y madura.

Sólido, firme, preciso… Sparrow es uno de esos filmes que se cierra sobre sí mismo con dureza y que avala la calidad de todos quienes lo han hecho posible.

Elogio a la sensualidad

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En 21 nuits avec Pattie, esotérico título del que, a mitad de la película se nos explica que se debe al Tarot, los siempre consistentes hermanos Larrieu despliegan un relato sensual y divertido, disparatado y picante, cien por cien francés como solo desde Francia se sabe abordar las cuestiones del deseo y el placer.

Cuestiones, eso sí, que responden a una imaginación totalmente masculina. Pura exaltación de la suavidad del pene y sus capacidades para el goce y el rece y puro delirio sobre las urgencias del cuerpo y las dolencias del alma. El filme no nos propicia esas 21 noches con Pattie que anuncia, aunque Pattie se encarga de relatar con todo lujo de detalles sus conquistas sexuales. Unas aventuras eróticas donde la culpa no existe ni hay noticias de esa moral católica de censura y pecado.

Comedia de deleite y ligereza habitada, presidida por mujeres maduras de singular belleza y poderoso atractivo. Película que comienza con una madre muerta y culmina con un festín de felicidad y (re)encuentros. En medio de un escaparate como es este festival, donde abundan las tragedias y el dolor, dos horas para el relajo y la broma inteligente no pueden ser desaprovechadas.

Da igual que los hermanos Larrieu se pasen de medida. Se presiente que están tan jubilosos, se les ve tan felices y tan ligeros con esta elegía de amor y sexo que poco importa que a 21 nuits avec Pattie le sobren veinte minutos. Seguro que malgastaremos muchos más con películas que ni siquiera serán capaces de provocarnos ninguna sonrisa ni emoción.

El legítimo rey del cine basura y el regreso de la momia

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El verdadero comienzo de Mi gran noche hay que situarlo en el tiempo de gestación de Balada triste de trompeta (2010). Allí, en aquella crónica anfetamínica y feroz sobre la historia e histeria española del siglo XX, Álex de la Iglesia acudía a uno de los rostros más escalofriantes consagrados por del franquismo, el del cantante Raphael. Entonces supo el autor de El día de la bestia (1995) que Raphael suponía una mina, una bomba a la que ese agudo caricaturista de la pantomima nacional algún día haría estallar.

De la Iglesia, buen conocedor de las contradicciones y miserias de ese animal escénico por el que Carmen Polo sentía fervor de feligresa cuando cantaba villancicos de tamborileros y belenes, cinco años después ha encarado la tarea pendiente. Ayer la activó.

Y eso ha ocurrido en medio de un panorama cinematográfico abonado por este tipo de manifestaciones esperpénticas. Llevamos demasiado tiempo donde, con los mimbres de cine de barrio pero con mirada de autoridad intelectual de quien está de vuelta, se trata de criticar y hacer caja a la vez. Tiempos de cine basura que pretende no serlo. En ese sentido hemos asistido a naufragios vergonzantes y vergonzosos como el de Isaki Lacuesta de Murieron por encima de sus posibilidades (2014); nos han asediado con renacimientos sin vida como Rey gitano (2015) de Juanma Bajo Ulloa y llevamos años aguantando la exaltación de la caspa cañí del facha Torrente y sus pobrezas imaginativas, siempre tan misóginas y cada vez más autocontemplativas.

En ese caldo de cultivo tan desolador para esta cinematografía nacional en la que no cree ni el Trueba que adoraba a Wilder, la única razón de existir de Mi gran noche cumple una misión reivindicativa. Frente a todos los casos citados, Álex de la Iglesia no solo es quien mejor filma, eso nadie lo discute, sino quien mejor entiende la naturaleza de esa España de delirio y parodia.

Han pasado cuarenta años de la muerte de Franco y otros cuarenta de su reinado. Sin embargo, ver a Raphael (Alphonso) en Mi gran noche y contemplar la febril obsesión del público por fotografiarse con él, evoca y convoca un desfile de muertos vivientes, una procesión de zombis descerebrados que corta el aliento.

Álex de la Iglesia ironiza sobre los programas de fin de año, sobre la falacia de la imagen televisiva, sobre la gran mentira del éxito. Y lo hace con extraordinario oficio, pero con ordinaria claudicación.

Cierto es que allí donde otros daban pena, de la Iglesia consigue provocar risas. En Mi gran noche hay sentido del espectáculo, gags visuales que funcionan, diálogos bien servidos (ahí está su cómplice Jorge Guerricaechevarría), y esa insólita capacidad para mover cámaras y figurantes que hacen de Álex un director muy competente. En Mi gran noche, el buen conocedor de su cine creerá ver pasar muchos de sus anteriores títulos. De bastantes hay, más que ruinas, como decía Chesterton, reliquias.

Pero la mayor reliquia no pertenece a su cine. La pieza mayor se llama Raphael y este filme se pone a su servicio y al hacerlo, con su presencia, todo se vuelve turbio, todo huele a naftalina. Todo parece que siga atado y lo peor es que, en ese regreso de la momia, la figura de Raphael acaba siendo la mejor parada. De hecho, la mayor parte del público al hablar de Mi gran noche se refiere a ella como la película de Raphael, no la película de Álex de la Iglesia.

Sobraban las alforjas para este viaje que consolida el renacimiento de la momia y cuando digo momia no me refiero a Raphael, sino al franquismo que lo vio nacer. Pero de eso, Álex de la Iglesia cree que ya lo dijo todo en Balada triste de trompeta.

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