LA IMAGEN PERDIDA

El cine como huella de la verdad

Título Original: L´IMAGE MANQUANTE Dirección y guión:  Rithy Panh     Fotografía:  Prum Mesa  Montaje: Mac Marder Música: Marc Marder  Nacionalidad:  Camboya / Francia. 2013  Duración: 90 minutos ESTRENO: Abril 2014
 
Rastrear sus raíces, excavar en el pozo del olvido y recuperar la memoria histórica (e histérica) de la Camboya de su infancia y juventud, la de los 70, es lo que Rithy Panh lleva haciendo toda su vida. Para presentar este filme, este singular y valioso cineasta escribió “Desde hace años, busco una imagen: una fotografía tomada entre 1975 y 1979 en Camboya por los Jemeres Rojos. Una sola imagen no sirve como prueba de un genocidio, pero invita a la reflexión, permite reconstruir la historia. La he buscado en vano en los archivos y por todas partes”. Esa ausencia es la imagen perdida a la que hace alusión el título. Una imagen que, al no poder ser hallada, es (re)construida con la ayuda de figuritas de barro.
No es la primera vez que Rithy Panh se enfrentra al horror del genocidio. Hace once años, S-21:La máquina de matar de los jemeres rojos (2003) se impuso como una de las más desasosegantes pruebas de que la humanidad no tiene remedio. O si lo tiene, solo aparece cuando se ha derramado tanta sangre, que la misma ha acabado por ahogar a los verdugos. En aquel filme que sembraba la inquietud y el estremecimiento entre quienes se acercaban a su interior, Rithy Panh reunía a un grupo de supervivientes de la Kampuchea Democrática. La mayoría habían sido carceleros y torturadores, asesinos y colaboradores. También había una víctima que había sobrevivido a la carnicería. En aquel filme, Rithy Panh invitaba a unos y otro a recordar el infierno cotidiano. Y allí, en el escenario del crimen, se revelaban los caminos del esperpento. Lo peor, lo más escalofriante surgía, no de las ruinas de los espacios de muerte sino de la certeza de que sus culpables podrían repetir el ritual macabro sin sentir compasión ni culpa por los asesinados.
Una década después, utilizando la animación, una animación primitiva, ingenua, casi pueril, entremezclada de vez en cuando con imágenes reales de los hechos evocados, Rithy Panh se enfrenta a su propia historia, a la de su familia, a la de él mismo.
Una voz over desgrana los recuerdos. Como un álbum de fotografías familiares en el que se han desvanecido las imágenes y ahora, en su ausencia, se trazan rudos y emocionales dibujos, Panh nos vuelve a conducir a un tiempo atroz en un lugar maldito. La aparente inocencia de sus muñecos llena de poesía la pantalla y hace soportable e incluso redimible la evocación de ese genocidio sistemático. Armado con las enseñanzas, usos y recursos del mejor cine francés, el que acotaron hace ya unos cuantos años al reivindicar la no ficción como materia de relatos fílmicos gentes tan diversas entre sí como Chris Marker y Jean Luc Godard, Rithy Panh eleva un bellísimo y conmovedor relato autobiográfico. En medio de ese cruce de imágenes de archivo descomunales por la coreografía de personajes anónimos movidos como marionetas, y con el contrapunto de figuras de barro transformadas en seres vivos, hay una secuencia inolvidable. En ella, Rithy Panh rememora, antes del tiempo de la locura y la depuración, los días de fiesta de su niñez, cuando los cineastas rodaban películas. En un cruce deslumbrante, los toscos muñecos que representan a los seres humanos de su recuerdo se mezclan con las imágenes de una película de aquel tiempo. Y esa película deviene en metonimia de la vida real antes del inconcebible delirio de luto.
 

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