No había cumplido 9 años, cuando Oz Perkins empezó a trabajar en el cine junto a su padre. Ni su progenitor era desconocido, ni aquella secuela de su personaje más inolvidable tenía posibilidad de superar el modelo de partida.
En “La bruja”, primer largometraje de Robert Eggers, el nuevo “enfant terrible” del cine americano cometía, en el momento del desenlace, el mismo error en el que incurría el Lars von Trier de “Rompiendo las olas”.