A veces el contexto obnubila al texto y, aunque «Los tigres» crece sobre un tema de interés evidente, su guion no puede ocultar la sensación de que se le ven algunas costuras deshilachadas y mal cosida, desajustes impropios de ese equipo solvente que forman Alberto Rodríguez y Rafael Cobos.
¿A dónde fue el autor de El globo blanco (1995) y El círculo (2000), (pre)destinado a recoger el testigo del maestro Abbas Kiarostami? ¿En qué accidente se quebró una trayectoria que lleva años viviendo una extraña impostura legitimada por festivales como Berlín y Cannes, donde su última película se alzó con la Palma de Oro?
El verano de 1998, Nueva York se sofocaba bajo el mandato de Rudy Giuliani, un alcalde populista que, entre otras hazañas, desalojó Manhattan de vagabundos de suerte incierta y final trágico. Aquello inició la «disneylandización» de la ciudad donde Martin Scorsese fraguó sus mejores pesadillas de violencia, venganza y odio.
Desde el primer compás, con la primera figuración, el rostro de Sidse Babett Knudsen,
la proverbial protagonista de Borgen, la intensa y pasional serie política danesa, impone su presencia. En todo lo que acontece a lo largo de los cien minutos que dura la película, ella,
Sidse Babett Knudsen, se impone como el centro neurálgico, como el alfa y omega de un relato claustrofóbico, agresivo y cruel sobre la venganza.







