LA COCINERA DEL PRESIDENTE

Recetario sin alma
Título Original: LES SAVEURS DU PALAIS Dirección:  Christian Vincent  Guion:  Etienne Comar y Christian Vincet; según un argumento de Danièle Mazet-Delpeuch  Intérpretes:  Catherine Frot , Jean D’Ormesson, Hippolyte Girardot, Arthur Dupont , Jean-Marc Roulot y Arly Jover Nacionalidad:  Francia. 2012 Duración: 95 min ESTRENO: Marzo 2013

Aunque algunos festivales como el de Donostia y Berlín dedican secciones a lo que denominan Cine y Cocina, no hay que engañarse, no estamos ante un género cinematográfico sino ante una perversión temática. Un pretexto argumental que, a diferencia de algunas paisajes y subtramas como el boxeo, la carretera o la cárcel, pretextos capaces de aportar inolvidables películas, la cocina, salvo media docena de excepciones, La grande bouffe (1973) dirigida por Marco Ferreri, y Ratatouille (2007), solo ha alumbrado comedias insustanciales, aventuras edulcoradas y reflexiones domésticas para satisfacer a espectadores adictos a la bollería fina.    
Ahora bien, La cocinera del presidente tiene la peculiaridad de superar a todas las obras precedentes. Las hace, no buenas, no exageremos, pero sí menos malas. Y eso es así porque esta historia construida sobre un modelo real ni siquiera consigue lo que hace la mayoría de este tipo de películas hace, estimular el apetito como la quina.
La cocinera del presidente transcurre en dos tiempos y dos espacios. Uno, en una estación polar donde la citada cocinera prepara un último banquete a un grupo de rudos empleados ante la mirada atónita de dos periodistas; una entrevistadora permanentemente admirada y un cámara atolondrado e incapaz. El otro tiempo es anterior y es el que realmente interesa al filme; el que recoge los dos años de servicio en Palacio de esta cocinera de carácter insufrible dotada de una supuesta sabiduría culinaria, aunque adornada por una agotadora insipidez. El presidente no es otro que un Mitterrand interpretado por un periodista que en vida del presidente le dio caña y que ahora le da vida con un toque a lo Nosferatu de Murnau. ¿Venganza?
Welles, siempre cáustico con la sobrevaloración que la sociedad hace de los cineastas, hablaba de que el director no es necesario para hacer un filme. Basta, decía, con un director de fotografía, un montador y un guionista. Y ni siquiera con los tres, con uno de ellos ya sería suficiente, rubricaba. Aquí, no hay noticia de ninguno. Tan solo de un recetario de altos platos donde las trufas, patés y otras caras delicias francesas nos recuerdan que lo mejor de la mesa no es hablar de ella, sino comer sobre ella. 

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