EL TOPO

La cara amarga de la victoriaTítulo Original: TINKER, TAILOR, SOLDIER, SPY Dirección: Tomas Alfredson Guión: Bridget O’Connor y Peter Straughan; basado en la obra de John le Carré Intérpretes: Gary Oldman, Colin Firth, Tom Hardy, John Hurt , Mark Strong y Stephen Graham Nacionalidad: Reino Unido, Francia y Alemania 2011 Duración: 127 minutos ESTRENO: Diciembre 2011

Autor de Déjame entrar, el filme de vampiros más importante y perturbador de los últimos años, Tomas Alfredson, un cineasta sueco forjado en la televisión y hermano del responsable de la errática trilogía de Millennium, demuestra tres años después, con esta adaptación de El topo, que su filme precedente no fue fruto de la casualidad. De hecho, basta con cruzar los últimos planos de El topo y Déjame entrar para percibir un escalofrío semejante. En ambos casos, Alfredson arroja al espectador al más terrible de los finales felices. En ambos casos, su escalpelo se hunde en la paradoja de saborear la amargura de la victoria. Entre el niño protagonista de Déjame entrar, anclado a la maldición de envejecer como un pederasta amante de una mujer-niña eterna y el roce del hierático Smiley a la mano de una esposa de la que desconocemos casi todo menos su culpa, hay una misma cadena-condena: la amargura de sobrevivir.
Alfredson cuenta que escogió deliberadamente hacer El topo. Que sabedor de que existía la posibilidad de filmar la novela de Le Carré movió piezas y sedujo a actores. Lo que Alfredson no cuenta, quizá porque nadie se lo pregunta, es que le interesa tanto el tema del espionaje como el de los vampiros. O sea: nada. Y es que Alfredson extrae de las novelas originales no el escenario ni contexto sino el texto esencial que alimenta sus entrañas.
Decía José Ángel Valente que “Entre el ojo y la forma hay un abismo en el que puede hundirse la mirada”. En ese pozo abisal es donde se interna la retina de Alfredson. Por eso en El topo todo lo que concierne al entramado político de la guerra fría, o sea la forma, se percibe como decorado impreciso. No importa ni el cuándo ni el dónde, porque en ese teatro del mundo que El topo representa sus piezas, sus miserias y grandezas se antojan atemporales, acrónicas, arquetípicas. Si en Déjame entrar, un filme lleno de efectos especiales con un niña que trepaba por la pared, apenas se es consciente de lo fantástico de la trama, en El topo, el espionaje y sus secretos devienen en macguffins irrelevantes. Lo que importa descansa en el enigma de la condición humana. Y en la inteligente reinvención del cine de espías que Alfredson pergeña.

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