HOY NO SE FÍA, MAÑANA SÍ

España negra, triste y oscura Título Original: HOY NO SE FÍA, MAÑANA SÍ Dirección y guión: Francisco Avizanda Intérpretes: Carolina Bona, Jesús Noguero, Albert Prat, Alfonso Torregrosa, José María Asín, Carmen León, Javier Baigorri y Antonio Izal Nacionalidad: España. 2008 Duración: 87 minutos ESTRENO: Febrero 09

Hay más lucidez, rigor y desgarro en una sola secuencia de este filme de apariencia modesta y estreno furtivo, que en la mayor parte de ese cine “comprometido” hecho de girasoles invidentes y rosas coloradas. No tengo aquí espacio para presentar a Francisco Avizanda, un cineasta que ya filmaba la calle en llamas cuando Martin Villa daba los partes de guerra de la transición, pero es obvio que estamos ante un autor iniciado en un cine sin recompensas amigas ni adornos florales. De su actitud dan noticia las tres décadas que ha tardado en resolver su primer largometraje de ficción y la constatación de que su reloj nada sabe de modas ni diezmos. En cuanto a Hoy no se fía, mañana sí, diremos que es una crónica oscura, desesperanzada, cruel e hiriente sobre la España de 1953.
Su relato se ubica en Madrid pero eso parece más bien un artificio, una cortina de humo que permite a Avizanda huir de la especulación anecdótica, evitar el quién es quién de la asfixia provincial, para adentrarse en un terreno más abstracto, más metonímico. Así que Avizanda no lleva al banquillo de los acusados ni a nombres propios ni a organizaciones concretas, por más que los espectadores con memoria y/o conocimiento fijarán sus parentescos. Es tan evidente que Avizanda elude la historieta corta en beneficio del paisaje largo, como que en su filme no hay buenos y malos, sino malos y peores; desgraciados que venden su alma y desalmados que malvenden su cuerpo. Para relatar todo ello, la caligrafía de Avizanda se adecúa al sentido de su escritura; la cámara es sobria y los subrayados escasos. De manera estrábica mira a Bresson y obtiene un alto rendimiento de un reparto trufado por actores navarros que, al no ser habituales del cine nacional, refuerzan esa sensación de autenticidad y extrañamiento que supura cada intersticio de este filme con vocación forense.
De él se sale tocado pero no hundido. En ese paisanaje de traiciones de charol y sacristía, de pensiones con olor a sexo rancio y hambre secular, grita el horror de la condición humana. Resuelta sin despilfarro dinerario, merece ser acogida como una obra de indudable y extraño mérito. No es fácil reflejar con tanta desolación la mezquindad de aquellos polvos para sugerir, la miseria de otros barros.

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