BLACKTHORN

Neowestern con sabor españolTítulo Original: SIN DESTINO Dirección: Mateo Gil Guión: Miguel Barros Intérpretes: Sam Shepard, Eduardo Noriega, Stephen Rea, Magaly Solier, Nikolaj Coster-Waldau, Padraic Delaney y Dominique McElligott Nacionalidad: España, Francia, Bolivia. 2011 Duración: 98 minutos ESTRENO: Julio 2011

Si por un instante se comete la imprudencia de contraponer Blackthorn, con la última película de los hermanos Coen, Valor de ley, el filme español se hará humo. La interpretación de granito y hierro que reciben los Coen de Jeff Bridges y Matt Damon, aquí se sabe de agua y arena cuando después de haberla visto, se impone la certeza de que Mateo Gil no ha conseguido que Shepard y Noriega superen el umbral de lo correcto. Con una atractiva idea argumental y con algunos personajes poderosos, Gil sale ileso de su osadía de hacer un western agónico al estilo de los años setenta, a la gloria de Sam Peckinpah y con el referente del impagable Dos hombres y un destino de Roy Hill.
Ileso que no victorioso. Porque aunque en muchas secuencias Blackthorn se sabe vigorosa, se viste de sorpresa y se ancla en el territorio de lo simbólico con la fe de un neocatecúmeno del pistolero bueno, del bandido siempre moral y siempre solo, en el núcleo de su estructura nunca termina de (con)vencer. El guión de Barros reinventa el penúltimo capítulo de Butch Cassidy, para enfrentar al carnicero de leyenda, ya en los últimos años de su vida, con un joven ladrón con el que, en algún modo, puede sentirse identificado: ¿el hijo que nunca tuvo?, ¿el sobrino desconocido al que escribe sin descanso?, ¿el relevo imposible a una forma de vida que con él está muriendo?
Pertenece este filme a esa categoría de películas que son mejores cuando se cuentan que cuando se ven, síntoma inequívoco de que algo ha fallado en la dirección. En el caso de Mateo Gil, lo que falta es pasión y convicción. Identificación con lo que se está mostrando. Pero que su película no vuele no significa que el filme de Gil permanezca enterrado. Al contrario. Lejos de los excesos de algunos cineastas contemporáneos que cuando se acercan a los géneros clásicos confunden reventar con reinventar, este western que gira sobre sí mismo y que se abrocha con el de su precedente, el citado Dos hombres y un destino, se impone respeto ante lo que narra. Gil expone bien las intenciones pero cose mal sus argumentos. Lo que nos lleva al comienzo. Su western es de arena y como tal evanescente como un espejismo del desierto.

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