LA VERDAD DE SORAYA M.

Pornografía bienpensante Título Original: THE STONING OF SORAYA M. Dirección: Cyrus Nowrasteh Guión: Cyrus Nowrasteh, Betsy Giffen Nowrasteh Intérpretes: Shohreh Aghdashloo, Mozhan Marnò, James Caviezel, Navid Negahban, Ali Pourtash, David Diaan Nacionalidad: EE.UU. 2008 Duración: 114 minutos ESTRENO: Octubre 2010

Con perversa ironía los distribuidores españoles de este filme han decidido cambiar el término original “lapidación” por el de “verdad”. Pero esto que se diría un ¿inocente? cambio discutiblemente “comercial” deviene en grito insoportable que pone de relieve el grave e imperdonable defecto de este filme: su falsedad. Nada en este descenso al horror de un asesinato por lapidación muestra rigor ni equilibrio. Basada en hechos reales, el filme tiene de cine lo que de literatura quedaba a salvo en aquellos libros ilustrados de clásicos juveniles: nada en absoluto. Por su proceder granguiñolesco, La verdad de Soraya M. se parece mucho a La pasión de Cristo. No sólo porque en ambos filmes Jim Caviezel aparezca en el reparto, aquí como principal protagonista, allí como testigo de cargo. Sino porque ambos títulos se recrean en la crueldad con un deleite que roza lo psicótico. La diferencia es que Mel Gibson, un director con oficio, hacía una película discutible pero cosida con buen hilo. Aquí Cyrus Nowrasteh, un profesional norteamericano de origen iraní, se mueve con la torpeza del ornitorrinco y la grosería del chimpancé. Con esas habilidades mezcla la estética de un anuncio de perfumes con secuencias gore; el turismo de ONG solidaria con estampas de botijos. Un horror. Un error.
La única verdad que reluce en este filme, ya se sabe antes de entrar. Que la barbarie rige en el mundo y que en ciertos lugares, los derechos de la mujer no son superiores a los derechos de un perro. Sentir indignación ante la brutalidad de una lapidación y rechazar esta práctica no puede llevar a legitimar este ridículo panfleto de cartón piedra más falso que un culebrón colombiano y más tramposo que la basura del Hollywood más cutre. Cyrus Nowrasteh se mete en el lodazal del cine mensaje-masaje para recrearse en esa pocilga con alegría insensata. Con malos actores y sin un guión que guíe, La verdad de Soraya M es una inmensa mentira que pertenece al género más ínfimo: al de la pornografía bienpensante. Esa que tras no perder ni un sólo plano del dolor ajeno suspira con alivio: “menos mal que allí no vivimos”. El verdadero dolor en este relato reside en la percepción de que cuanto más real resulta la pedrada, más falsa parece la mano que la está lanzando. El viejo sadismo del martirologio.

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