LA VIDA EN TIEMPOS DE GUERRA

Demócratas sin padre

Título Original: LIFE DURING WARTIME Dirección y guión: Todd Solondz Intérpretes: Shirley Henderson, Ciarán Hinds, Allison Janney, Michael Lerner, Chris Marquette, Rich Pecci, Charlotte Rampling, Paul Reubens y Ally Sheedy Nacionalidad: EE.UU. 2009 Duración: 96 minutos ESTRENO: Agosto 2010

Hay un gesto que Todd Solondz repite en La vida en tiempos de guerra con la solemnidad hierática de un ritual. Se trata de una caricia. Un roce entre dos manos que se unen por un instante. Pertenecen a personas sentimentalmente heridas que desearían que ese goce fuera eterno. Intuyen que será efímero. Ansían anclarse en un abrazo, pero no hacen sino asir la manilla que abre la infelicidad. Como hizo Ingmar Bergman en Saraband, Todd Solondz construye este filme rastreando los restos del naufragio de una obra anterior. El origen de La vida en tiempos de guerra se encuentra en Happiness (1998). Así que estamos ante una revisitación a un campo de batalla del que hace doce años ya supimos de sus afilados colmillos. Si no se vio la obra precedente se puede apreciar este filme igualmente, pero faltará el escozor de la memoria y el reencuentro. De hecho los actores son diferentes, lo que acentúa la idea de que el personaje es el fundamento; el actor, el pretexto. Decir que Todd Solondz es una especie de Woody Allen del lado oscuro traiciona el alcance de un discurso tan desgarrado como compasivo. A Solondz se le malentiende. Como penetra en las cloacas del deseo y en la vulnerabilidad de los afectos y efectos sexuales, Solondz desconcierta e incomoda. No es fácil de digerir ni resulta confortable de asumir. A muchos les provoca miedo.
En una sociedad agrietada por un hedonismo consumista e hipócrita, Solondz retrata los peores delitos: los abusos sexuales a niños. En un mundo raro poblado de freakies respetables tras cuya convencional fachada anidan los peores venenos, el cine de Solondz deviene en provocación lúcida que pisotea lo políticamente correcto por su abyecta incorrección. La infancia siempre aparece al final del pasillo de los largos laberintos que Solondz imagina. Y con ella, la soledad, la ausencia del padre y el sinsentido de un mundo infantilizado poblado por fantasmas. En su última película, Solondz ya ni siquiera establece diferencia entre los fantasmas muertos y los vivos. Tampoco encuentra alivio alguno en condenar la culpa o en señalar al culpable. Repite como un mantra que las raíces del malestar se nutren del misterio del ser humano. Un ser víctima y portador de la angustia del deseo.

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