CIUDAD DE VIDA Y MUERTE

Perverso desplazamiento
Título Original: NANJING NANJING Dirección y guión: Lu Chuan Música: Liu Tong Fotografía: Cao Yu Intérpretes: Liu Ye, Hideo Nakaizumi, Fan Wei, John Paisley, Gao Yuanyuan y Yuko Miyamoto Nacionalidad: China. 2009 Duración: 135 minutos ESTRENO: Abril 2010

Durante sus primeros cuarenta minutos, Ciudad de vida y muerte impone una coreografía de horror y violencia como una suerte de catálogo de la barbarie humana. Durante esos minutos, Lu Chuan consigue estremecer al amparo de una pesadilla histórica: la brutal conquista y sometimiento por el ejército japonés de la capital china de Nanjing en 1937. Ese comienzo fulgurante, que prefiere inclinarse por una suerte de impresionismo verité antes que por la ornamental geometría fabuladora de Zhang Yimou, aparenta reclamar autenticidad pero termina balbuceando imposturas. Dicho de otra manera, lo que comienza bajo el paraguas de Salvad al soldado Ryan, culmina al estilo de Boinas verdes. O si se prefiere: este filme que bebe del artificio de Spielberg y desemboca en la mirada ultranacionalista de John Wayne en nada recuerda al antibelicismo de La gran ilusión de Renoir ni al desgarrado alegato de La condición humana de Kobayashi.
Nada habría que objetar a ese maniqueísmo ramplón que impregna a Ciudad de vida y muerte si se presentase como un juego de épica nacionalista al estilo de aquella fantasía que era Tigre y dragón de Ang Lee. Pero la actitud de Lu Chuan presentándose como una víctima del gobierno chino, según él no se le perdona que en la galería de personajes de su filme haya un soldado japonés retratado como una persona con sensibilidad y conciencia, ha seducido a decenas de críticos y periodistas que no han dudado incluso en contraponer Ciudad de vida y muerte con Acantilado rojo, presentando a Woo como un mercenario al servicio del comunismo chino y a Chuan como una víctima de la (in)tolerancia.
Leamos despacio. Lo que el propio Chuan afirma es que, en medio del infierno dantesco de Nanjing, todo lo que él ha hecho por la verdad histórica consiste en que entre los miles de soldados japoneses, todos mostrados como sedientos de muerte, todos retratados como monstruos sin alma, deambula un único japonés presentado como un hombre que duda. Inenarrable ejercicio de ecuanimidad.
Cuando Renoir culminó su obra maestra, La gran ilusión, un encendido discurso sobre la igualdad de los seres humanos, tuvo que abandonar Francia. En contrapartida, Lu Chuan hace unos meses boicoteó un festival norteamericano por proyectar en él un documental a favor de la independencia del Tibet. ¿Estaba Chuan haciendo méritos?
Se sabe que la masacre de Nanjing que su filme ilustra fue infinitamente más terrible y sanguinaria de lo que Ciudad de vida y muerte alcanza a recrear. El grado de ignominia compitió en crueldad con la perversidad que los nazis desarrollaron con los judíos en Europa y su atrocidad no fue menos voraz ni menos indiscriminada que las bombas lanzadas sobre Hiroshima y Nagashaki. Las guerras envilecen a todos.
En Ciudad de vida y muerte, Chuan se entrega a un aquelarre culpabilizador de los soldados japoneses, una acción inquisidora incapaz de adentrarse en las causas y blanda y conciliadora con los no japoneses. Por eso, cuando el anonimato de verdugos y víctimas cede paso al retrato de una docena de personajes, el filme sucumbe a su identidad de artefacto propagandístico. Impotente para articular una mínima reflexión sobre el origen de la violencia, Chuan resulta más simple e insensible que las piernas de Rambo. Lo grave, lo que asusta es saber que en China algunos almacenan tanto odio contra Japón como para que este filme les resulte incómodo e inaceptable por mostrar un único soldado japonés con rasgos de humanidad. Si esa fuera la opinión mayoritaria habría razones, más que sobradas, para echarse a temblar.

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