LA DUQUESA

Maltrato de género Título Original: THE DUCHESS Dirección: Saul Dibb Intérpretes: Keira Knightley, Ralph Fiennes, Charlotte Rampling, Dominic Cooper, Hayley Atwell, Simon McBurney y Aidan McArdle Nacionalidad: Reino Unido, USA, Francia e Italia. 2008 Duración: 105 minutos ESTRENO: Abril 09

Probablemente Keira Knigthley es la actriz más capacitada en este momento para mover un traje de época sin que parezca un disfraz. Sólo por ver su trabajo, La duquesa ya merece la pena. Lo cierto es que Keira, tras emular a Beckhan y después de pasearse por un filme de terror teenager, The hole, nació como actriz el día que subió a La Perla Negra y se enfundó su primer vestido.
Pero bromas a parte vayamos al núcleo sustancial de esta bella recreación de época ganadora del Oscar al mejor vestuario. Dejando a un lado la tontería del paralelismo con Lady D., lo decisivo del filme emana del hecho de que el personaje al que le presta una ajustada interpretación Keira Knightley deviene en símbolo de la condición femenina. Hay en este relato más discurso sobre la injusta desigualdad entre hombres y mujeres que en una manifestación del 8 de marzo. Dirigida por un cineasta forjado en el mundo del documental, Saul Dibb evidencia tanto talento como excesivo tacto para centrar su historia ajeno a la penumbra de las velas, indiferente ante el revuelo de los bailes de salón. Para apreciarlo mejor podríamos establecer un juego de espejos con lo que Sofia Coppola hizo con Maria Antonieta. Coppola se enfrentó a María Antonieta a golpe de glamour y conffetti posmoderno, Dibb se adentra en los entresijos del gran melodrama que respira en su biografía asomándose a la cruel quiebra entre la madre y la amante.
Dibb arranca su filme con un sorteo en el que Georgina reparte los nombres de los caballeros entre sus amigas, pero se guarda el que ella desea como propio. A partir de allí, fuera del juego adolescente, la Georgina mujer dejará de elegir, ya no será libre, para ser víctima de un perverso devenir: humillada por no alumbrar varón y maniatada por el amor a sus hijos. De ese modo, Dibb alumbra, sin furor y desde la distancia, una radiografía descarnada sobre un tiempo en el que ni siquiera una duquesa podía elegir otra cosa que someterse al dominio de su dueño. En todo esto aparece una paradoja: el hijo varón que sí tuvo la duquesa fue un amigo íntimo de Dickens. Precisamente ese toque desgarrrador, crítico y lleno de mala uva con el que Dickens describió la miseria de la condición humana es lo único que aquí se echa de menos.

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