LA CINTA BLANCA

La siembra de los vientosTítulo Original: DAS WEISSE BAND Dirección y guión: Michael Haneke Intérpretes: Leonie Benesch, Josef Bierbichler, Rainer Bock, Christian Friedel, Burghart Klaussner y Steffi Kühnert Nacionalidad: Alemania, Austria, Francia e Italia. 2009 Duración: 144 minutos ESTRENO: Enero 10

Presuponer que La cinta blanca sujeta un único discurso anula la posibilidad de ahondar en uno de los relatos fílmicos mas complejos, inagotables e inquietantes del cine del siglo XXI. La cuestión no reside en determinar la culpabilidad o inocencia de los niños que deambulan por el escenario de esta opresiva y magistral película. Tampoco resolveríamos el enigma escrutando en su tiempo, tiempo acotado en los prolegómenos de la Gran Guerra Europea, para deducir que de lo que aquí se habla es de los vientos que movieron la tempestad del nazismo. Ninguna de esas dos vías resuelve el verdadero misterio que sostiene/contiene La cinta blanca.
Haneke no se conforma con hablar de un tiempo y un lugar, por más que se trate de la trastienda donde se amasó la Primera Guerra mundial iniciada con el asesinato del archiduque Francisco Fernando de Austria. O por más que rememoremos que se trata del mismo territorio donde se clausuró en los años 90 el terror bélico de la Europa del nuevo milenio. En cambio sí puede ser útil saber que ese corazón de las tinieblas de la civilización europea que Haneke disecciona aquí, supone un pretexto. El engaño para que este heredero del ideario de Brecht nos coloque ante un nuevo discurso cuya naturaleza busca estremecer hasta la náusea.
Más fundamental resulta saber que La cinta blanca nació pensada para ser una serie de televisión. Haneke la escribió hace unos diez años, es decir, su nacimiento real tuvo lugar entre el alumbramiento de Funny Games y Código desconocido, dos obras ásperas en las que Haneke perfiló lo que ahora recupera en clave más contenida y serena. La casualidad ha querido que, tras fracasar con su recreación de Funny Games con disfraz hollywoodiense, Haneke acudiera a aquel viejo texto del que se han eliminado, por fuerza, algunos pasajes.
La cinta blanca, como Mulholland Drive de David Lynch, renace tras recomponer una ambición más poliédrica y extensa, al menos por lo que a su duración se refiere. En ambos casos, los recortes y las obligadas elipsis del paso de la televisión al cine no parecen haber deteriorado el resultado final. Es posible que hayamos perdido dos grandes series, es innegable que hemos ganado dos excelentes películas.
En La cinta blanca -imposible para mí relatar todos sus recovecos, personajes y dilemas morales en estas líneas-, Haneke desglosa todo un muestrario de comportamientos y actitudes. A diferencia de estructuras más cerradas, definitivas en Caché y Funny Games, aquí estamos ante una galería rica en personajes a los que se observa desde la equidistancia de un claroscuro moral. Haneke se sirve de una coartada estética, la del universo de Dreyer. De ahí ese pulcro blanco y negro, de ahí esa atmósfera religiosa. Pero no parece que a Haneke le inquiete tanto las cosas de dios, incluida la de su ausencia/inexistencia, como la presencia de la pulsión de muerte que ancla al ser humano a la violencia. Nada es simple en La cinta blanca y todo gira en torno a la represión sexual, al principio de un placer reprimido, deformado y pervertido por el miedo del ser humano.
Haneke domina el poder seductor/manipulador del cine. En su suficiencia, es capaz de sacudir hasta la desesperación al lector de sus películas, se halla la razón de que tanto moleste a algunos públicos. Tan poderosa resulta su retórica que parece más fácil huir de él y/o empeñarse en lecturas periféricas, que tragar el sapo, repugnante y culpabilizador, que en ellas nos aguarda. Por eso, entre otras cosas, La cinta blanca parece el regalo envenenado de un moralista sin fe al que sólo le queda la esperanza.

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