Escribía Stephen Zweig, en su biografía sobre Maria Antonieta, que lo más terrible de su final fue la espera. «Si la Revolución se hubiese precipitado como un alud sin dar tiempo para reflexionar, esperar ni resistir…» si no hubiera dado lugar a la lenta agonía que sumió en la desesperación a la reina altiva, a Luis XVI y a sus hijos, la Revolución habría sido más compasiva.
En «Historia de los dos reyes y los dos laberintos» Jorge Luis Borges confrontaba el dédalo hecho por el hombre: un constructo de piedra y/o vegetación de altas paredes levantadas para provocar la confusión de quien es allí introducido; con el desierto, una extensión casi infinita de arena y sol líricamente conocida como el laberinto de Dios.
Con la incomodidad que siempre emana del acto de ver un pecho femenino oprimido en un mamógrafo, empieza Aina Clotet un filme hecho con perfiles de hierro y plomo. Con la amenaza de un cáncer que no cesa, un alien que intimida con reproducirse, amanece esta extraña comedia; un drama de humor, de supervivencia y de egoísmo.
A pesar de la llamada «paradoja nórdica», esa situación paradójica en donde conviven los más altos niveles de igualdad con alarmantes altas tasas de violencia de género contra las mujeres, es innegable que en Escandinavia se están imponiendo los prototipos convivenciales que imperarán en nuestro futuro inmediato







