Título Original: ÁSTIN SEM EFTIR ER Dirección: Hlynur Pálmason Intérpretes: Sverrir Gudnason, Saga Garðarsdóttir, Ída Mekkín Hlynsdóttir, Grímur Hlynsson, Þorgils Hlynsson e Ingvar Eggert Sigurdsson. País: Islandia. 2025 Duración: 109 minutos
Después de dios
A Hylnur Pálmason no se le puede medir con las mismas herramientas analíticas con las que se disecciona a la mayor parte del cine narrativo. Para empezar, ni siquiera una película suya empieza y acaba con y en ella misma. Por ejemplo, «El amor que permanece» se complementa con «Juana de Arco» (2025), accesible desde Filmin y película levantada con los mismos planos y protagonistas que los que habitan la película que ahora nos ocupa. Podría hablarse de un «spin off», o sea un producto derivado de. En este caso proveniente y ocupado por la presencia de los tres niños protagonistas, hijos a su vez del propio Pálmason a los que vemos hacer, rehacer, torturar y asaetar una figura que nace como un guerrero medieval y que termina por transustanciarse en la Juana de Arco mártir y guerrera. La cuestión es que, tras obras tan notables y singulares como «Hermanos de invierno» (2017) y «Un día blanco, blanco»(2019), Pálmason se convirtió en referencia universal con «Goldland» (2022). De ese modo, con la «Tierra de Dios» se nos reveló un cineasta artista. Un creador anticanónico que llegaba de la bella y helada Islandia para revalidar la percepción de que, en esa isla helada, tierra de volcanes, géiseres y termas, el viento sopla fábulas y soledades.
«El amor que permanece», se sabe atravesada por la libertad de los surrealistas, por sus ambigüedades oníricas, por sus paradojas. Allí donde Luis Buñuel se encontrará con Roy Andersson, llegará Hylnur Pálmason , un confabulador de imágenes que perturban. Tal vez porque él se siente perturbado «ante un mundo que se desmorona».
Dos son las claves que acotan su última película. Una es el tiempo; la otra, la explicaba el propio autor al hablar de su proyecto: «El amor solo se conoce en la ausencia». Sobre esa ausencia, sobre el temor, el terror y la ira de un padre echado del hogar, un dios sin tierra, se levanta un filme poliédrico y polisémico, abierto y pantanoso. Podríamos escribir páginas y páginas y quedarían sin aclarar la mayor parte de las preguntas que surgen en este relato extraño. Como ese padre a la deriva, abandonado en el mar, el espectador permanece indefenso. El cine es movimiento y el movimiento necesita tiempo, de ahí que el fundamento de «El amor que permanece» sea el paso de las estaciones. La lluvia, el hielo, la fauna y la vida moldean lo que somos. Como las obras plásticas de la protagonista que no son sino manifestaciones artísticas del propio director, su manera plástica de mostrar ese amor que pervive incluso en su ausencia.
