David Ayer (Illinois, 1968) se mueve cómodo en el género de acción. De David Ayer se supo por vez primera, gracias al guion de Training Day (2001) de Antoine Fuqua. Escritor antes que director, resulta curioso contemplar a un profesional de la palabra al frente de un filme en el que no hay diálogo posible porque en el 98% de su metraje el plano lo ocupan un hombre y un perro.
Se cuenta que Chuck Jones creó al «Coyote» y al «Correcaminos», a finales de los 40, inspirado por una breve digresión de Mark Twain en su novela «Pasando fatigas» (1872). En esa historia sobre la fiebre del oro que vivió y sufrió el propio Twain en primera persona, se afirma que cuando el hambre aprieta, hay coyotes que son capaces de cazar correcaminos.
Le faltan unas semanas para cumplir 89 años, pero su cine, esas películas que año a año con regularidad relojera ha ido construyendo, no lo aparentan. Autor de piezas que siguen fascinando a jóvenes espectadores y a cinéfilos veteranos como «Los duelistas», «Alien: el octavo pasajero», «Blade Runner», «Thelma y Louise», «Gladiator», «El reino de los cielos» y «El último duelo», entre casi 30 largometrajes, nadie diría que Scott está a un paso de convertirse en nonagenario.
Como la novela de Travis Braun de la que se alimenta, el argumento de «Una noche al año» se disfraza de política-ficción. Su contenido, su única idea, trepa sobre una loca hipótesis que nos recuerda hasta dónde podría llegar un gobierno ultraconservador, pseudodemocrático y amoral como el que Trump representa frente a una ciudadanía obediente y apática.
Escrita a diez manos, o sea con la participación de sus cuatro protagonistas junto al director, su guion ya denota y delata la naturaleza con la que ha nacido esta curiosa comedia neorromántica que tiene en la cantante Charli XCX su principal reclamo de salida. «Erupcja», palabra polaca que significa «erupción», dura poco más de una hora, brevedad agradable en tiempo de películas siempre alargadas, siempre excesivas.
Con alrededor de medio millón de habitantes en 2026, Omaha, la ciudad más próspera de Nebraska, la que a mediados del siglo XVIII era apodada la «Puerta del Oeste» porque por allí cruzaban todos los desesperados que creyeron en el sueño de la prosperidad, da título a un filme humilde, independiente y generoso de apenas 80 minutos.





