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3.0 out of 5.0 stars

Título Original: THE ODYSSEY Dirección y guion: Christopher Nolan a partir de la obra de Homero Intérpretes:  Matt Damon, Tom Holland, Zendaya, Anne Hathaway, Lupita Nyong’o, Robert Pattinson, Benny Safdie y Charlize Theron País:  EE.UU. 2026 Duración:  172 minutos

El mentiroso cruel

En Roma no se apreciaba mucho a Odiseo, al que allí llamaban Ulises. La etimología de su nombre ya nos señala alguna pista: «el que provoca odio». Por otra parte, la lectura detenida de sus peripecias determina un mal diagnóstico. Si como enemigo era temible, como amigo resultaba funesto. Pero no, si los romanos no apreciaban a Odiseo no era por gafe, aunque murieron todos sus hombres y provocó la muerte de todos sus amigos. Ni uno solo de los argonautas regresó a Ítaca. Tan solo él, el marido ausente de una Penélope rodeada de pretendientes sedientos de trono con los que el arquero hizo una carnicería.

No, a Odiseo no se le tenía simpatía en la ciudad del Capitolio ni por su extrema crueldad, ni por sus iracundas venganzas. A Odiseo no se le apreciaba en la tierra de César porque era siervo de la mentira. La clave de su legendaria astucia solo poseía una voz, un veneno, un cuchillo: el del engaño permanente. Odiseo mintió siempre. Todos los días, en todas partes, a diosas y héroes. Ni fue fiel, ni tuvo compasión, ni supo ser honesto. Demasiado humano en un mundo de titanes y leyendas, se supo débil, vulnerable y efímero. De manera que hizo del engaño su mejor arco. Lo del caballo de Troya fue un juego de niños. Y como acontece con los niños, supo de la perversidad. Fue maligno sin malignidad, cruel sin conciencia de serlo.

Ocurrió que siglos después, cuando Homero inmortalizó su existencia y el paso del tiempo y la acción de los copistas pusieron épica y lirismo a su biografía; el eterno superviviente se hizo leyenda. Aquel poema se transformó en un relato fundacional. «La Odisea» fue, es y seguirá siendo la Biblia de los paganos, la partitura de los psicoanalistas y la madre de (casi) todos los relatos. Y en cuanto fuente de alegorías, es manantial susceptible de ser explotado a la luz de todos los filtros. El que Christopher Nolan ha aplicado, responsable del guion y de la realización, obedece a su ADN autoral. Nolan ha hecho con Ulises, lo mismo que con Batman: hurgar en las sombras, desvelar la cara oculta, desenterrar sus muertos y agitar el fantasma del conservadurismo de quien desconfía del otro porque se conoce a sí mismo.

Nolan, cuyas últimas películas dejaban al descubierto que cuanto más se acerca a lo real más le traicionan sus duelos, venía de una mala racha por más que el Oscar -o precisamente por eso- le hubiera sonreído. Su superficial cántico patriótico en «Dunkerque»; su empanada con «Tenet» -un desvitaminado plagio de «Origen»-, o su patética visión del holocausto de EE.UU en Japón con un «Oppenheimer» corroído por la desazón, denotaban que el autor de «Memento» se había olvidado de quien una vez llegó a ser.

En «La Odisea», un relato vertebral que articula la historia de la narración occidental (y el cine narrativo), Nolan ha devorado los ecos de Homero aliñados con los espejismos de Hollywood. Esto es, ni atiende ni entiende las leyes de la cronología, carece de rigor histórico y no muestra respeto a la palabra escrita. Ha hecho lo que ha querido, pero sabe lo que quiere: espectáculo. Apuntado a la corrección política, su Elena es negra y su Sinón -los bulos decían que sería Aquiles-, lo interpreta Elliot Page, quien interpretó a la joven embarazada de «Juno». Un Sinón, el último soldado griego, clave para que los troyanos admitieran el caballo que provocaría su muerte, que no nació en Homero sino en la «Eneida» de Virgilio. Nada de eso le preocupa al director británico-estadounidense. Nolan sacrifica todo en favor de la estética. ¿El resultado?: fascinante y arbitrario, estremecedor y tan hijo de su tiempo como lo fue el Ulises de Kirk Douglas, el que pisaba las uvas a toda prisa para emborrachar a Polifemo, al que se presentó bajo el nombre de «Nadie». Nadie ni nada malogrará que la «Odisea» de Nolan se dé un baño de multitudes. Con escenas de terror escalofriante, con estampas icónicas de alta belleza y solemne y hueca retórica, millones de personas la admira(rá)n. Tal vez algunos miles rastreen, tras ella, en las palabras de Homero para encontrar su esencia primigenia, la que aquí brilla mucho pero respira poco. En todo caso, este Odiseo con un Matt Damon magistral, escarba en la mala conciencia del presente. En la sensación de vivir el final de un tiempo. Tiempo de cambio como el de Troya. Tiempo donde los clarines del apocalipsis resuenan por los obscenamente ricos en un mundo viejo. Por los que deliran y agonizan anclados a la mentira, como Odiseo.

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