El 17 de agosto de 2017, Barcelona, Cataluña y España entraron en situación de alerta. Una camioneta había sembrado la muerte en Las Ramblas atropellando, abatiendo de manera literal, a decenas de paseantes que, en el sopor de la tarde, deambulaban por la céntrica vía barcelonesa.
La moraleja final de «El coro de Praga» grita alto que no es verdad que la música amanse a las fieras, al menos no a las más depredadoras, a las llamadas racionales. Dicho esto, para no revelar más de lo que resulta prudente, abordaremos las turbulencias que inquietan y perturban a las jóvenes protagonistas de este inclasificable filme.
Como tantas veces acontece en un relato cinematográfico, en el propio filme se nos recuerda que la historia está basada en hechos que han sucedido. Se trata de un aviso ambiguo que nunca se acaba de entender por qué se hace ni qué grado de fidelidad sostendrá con respecto a su supuesto vínculo con lo real.
Fatih Akin (Hamburgo, 1973) surgió como un director airado, feroz, inmisericorde. Jugaba bajo pabellón alemán, pero ponía en valor sus raíces turcas. Sus primeras películas chorreaban violencia. Debutó con «Corto y con filo», el relato de tres cachorros de arrabal, tres desarraigados en Alemania; Gabriel, Bobby y Costa, procedentes de Turquía, Serbia y Grecia. Eran hijos de dioses irreconciliables, pero les unía el caminar por el «wild side» de la vida.
El título original de la película de Gus Van Sant hace referencia al rudimentario pero eficaz artilugio hecho de alambre y crueldad por el que un rehén anclado a una escopeta sabe que cualquier movimiento brusco acabará con su vida. Su relato es más una reconstrucción que un ensayo sobre el desesperado caso de Tony Kiritsis.
Durante diferentes fases, de las casi dos horas que dura esta película, se cita a la «fiera».
Su director, Salvador Calvo, mezcla esa referencia con la imagen de las manos crispadas a modo de garras, de una bailaora de flamenco con la que el filme busca un contrapunto estético, una línea de fuga rítmica.





