Nuestra puntuación
2.0 out of 5.0 stars

Título Original: MOTHER MARY Dirección y guion: David Lowery Intérpretes: Anne Hathaway, Michaela Coel, Hunter Schafer, FKA Twigs, Kaia Gerber y Atheena Frizzell  País: Reino Unido. 2026 Duración:  112 minutos

No llores llorona

Con motivo del estreno de «A Ghost Story» (2017) apuntaba en este mismo espacio que Lowery «no hace concesiones porque, desde el minuto uno, muestra sus cartas sin ases guardados, sin trampas; asume sus debilidades porque con sus delirios goza». ¿Se podría decir lo mismo por lo que respecta a «Mother Mary»? Es de temer que no. Veamos. Lowery, el noveno hijo de un teólogo que dio clases en Dallas, nueve años después de aquel filme conmovedor y triste, tras una trayectoria errática, ha (o le han) cambiado de baraja.

Sus debilidades ya no pertenecen a sus sueños sino a sus cálculos de crédito. Sus delirios no provienen del dolor de la ausencia, sino del miedo a la pérdida. En cierto modo, «Mother Mary», un desgarro emocional, en el que una afamada cantante construida con los escombros de Madonna, Lady Gaga y Rosalía, se ahoga en su angustia, crece sobre un ritual. Un proceso autorreferencial -no lo duden, Lowery es esa «Madre María»-, que cuenta cómo en plena caída, una afamada figura trata de controlar el vértigo del envejecimiento con el retorno al punto de partida.

En esa línea de salida, busca y se enfrenta con la responsable de su vestuario de la que emana una abandonada historia de complicidades afectivas. De manera que, con carácter crepuscular y gesto testamentario, Lowery desgrana el (re)encuentro entre dos mujeres. Un paso a dos que propicia un pulso actoral desequilibrado entre Michaela Coel y Anne Hathaway. El esquema se sabe canónico, un toma y daca donde las apariencias engañan. Donde detrás de cada fortaleza, late una debilidad inconfesada. Estamos ante ese sempiterno juego del gato y el ratón con el que desde tiempo inmemorial llenamos teatros, salas de cine y bibliotecas.

Lowery, cuya vinculación con la fantasía y la imaginería religiosa resulta proverbial y comprobada, aporta lo mejor de su «Mother Mary» en los elementos ornamentales, en la estética y en la coreografía. Para empatizar algo más en su deriva desbrujulada, habrá que retrotraerse a sus últimas experiencias de honda disonancia: «El gigante verde» (2021) y «Peter Pan & Wendy» (2023). Ambos proyectos surgieron tras la alta legitimación que le había deparado su «A Ghost Story» . Y ambos sufrieron tóxicas interferencias. Ni fueron rodajes fáciles, ni tras sus estrenos se cumplieron las expectativas que había alimentado su «querido fantasma» .

Su incursión en las leyendas artúricas le dio tantas buenas críticas como hielo en la taquilla. Lo que tanta satisfacción provocó entre los espectadores profesionales, los de la crítica y la cinefilia, generó en desorientación y rechazo entre la gente que pasa esporádicamente por taquilla. Bajo esa presión, llevar al cine la historia de J. M. Barrie, siempre algo más resbaladizo de lo que aparenta -que se lo pregunten a Spielberg-, no salió como se esperaba. En su caso, como aconteció con Nolan, parte del rechazo a su película sobre Peter Pan, residió en un reparto multirracial, caballo de batalla del penúltimo cinturón de resistencia de la ultraderecha.

Así, con presión máxima y con escaso margen de confianza, Lowery acometió este «Mother Mary» poniendo en la versatilidad y talento de Anne Hathaway la suerte de cambiar una tendencia a la baja. Autor del guion y responsable de la realización, «Mother Mary» aparece como un filme de autor, como una película que se debe a una voz propia.

Tras un arranque fascinante «Mother Mary» se clava. En realidad, más que anclarse se hunde en la retórica. Parece que a David Lowery, la directora de vestuario, Bina Daigeler, le ha robado el plano, le ha quitado la cartera. Con un reparto donde no figura ni una sola presencia masculina, salvo dos bailarines perdidos en la deslumbrante coreografía, la película de Lowery, tan preciso en los quebrantos íntimos, tan sutil en las soledades propias, da vueltas y vueltas a un duelo al sol sin química ni pólvora. A esta «Mother Mary» le hubiera insuflado sentido y vida, algo del perturbado malestar del «Perfect Blue» (1997) de Satoshi Kon. Pero apenas ocurre nada. En esa encrucijada de fantasmas sin sábana, los vestidos reemplazan al alma. De ese modo la insustancialidad de la fama y la escena musical confunde la angustia existencial de unos personajes banales perdidos en su vanidad en un desfile de preciosos vestidos y constantes referencias a Taylor Swift, a Dua Lipa, a tantas como a ninguna.

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