Título Original: LE CITTÀ DI PIANURA Dirección: Francesco Sossai Guion: Francesco Sossai y Adriano Candiago Intérpretes: Filippo Scotti, Sergio Romano, Pierpaolo Capovilla, Roberto Citran, Lea Di Leo y Andrea Pennacchi País: Italia. 2025 Duración: 98 minutos
Los inútiles de hoy
La «Academia» del cine italiano, o sea los profesionales del audiovisual, dictó, dictaron, una sentencia contundente e inapelable hace unos meses. Escogieron como mejor película italiana del último año a «Le cittá di pianura». No se limitaron a ello. El filme de Francesco Sossai, aquí titulado «La última ronda en Venecia», arrasó en la última edición de los David di Donatello. Lo ganó (casi) todo. Pero, lo significativo, dejó sin nada a «La Grazia» de Paolo Sorrentino, la película con la que el autor de «La gran belleza» ha(bía) vuelto a congraciarse con el público y la crítica de medio mundo.
¿Qué tiene «La última ronda en Venecia» que tanto ha fascinado a los italianos? ¿Tan poderosa resulta su prosa como para borrar por completo la, por otra parte, excelente película de Sorrentino?
Sabemos que los premios no saben de justicia y ni mucho menos de equilibrios. Ni el filme de Sossai sostiene el calificativo de extraordinario, ni la película de Sorrentino se merecía ese desprecio. Pero vayamos a lo que aquí importa. Resulta evidente que «La última ronda en Venecia» nos ofrece un ADN reconocible en el que se percibe el imaginario de un pueblo que durante más de un siglo ha construido lo que llamamos cine italiano.
Francesco Sossai, director con experiencia en el mundo documental que debuta con su primer largo de ficción, levanta con esos rasgos identitarios esta «road movie» de dos golfos permanentemente anclados a una juerga sin fin. Dos zombies del naufragio de la crisis del 2008, pendientes de esa última copa que solo llegará con la muerte. Son sedientos insaciables cuyo espejo retrovisor señala al neorrealismo italiano de los años 50. Como aquellos «inútiles» interpretados por Alberto Sordi y Franco Fabrizi bajo la batuta de un Fellini todavía sin barroquizar, Pierpaolo Capovilla y Sergio Romano, representan a dos pícaros sin redención.
La primera vez que aparecen, los vemos ¿dormidos?, ¿muertos?, en la penumbra de un coche parado en la carretera. Un pequeño alto en un viaje que ronda sin parar. En su peregrinar, ambos fugitivos de un neocapitalismo que no los necesita, se mezclan con un joven arquitecto, enamorado, inocente e incluso ingenuamente virginal. Como un relato sacado del «Decamerón», Sossai recrea una noche de farra. Con ella, nace una historia de amistad y descubrimiento. Un viaje por la Italia que no olvida a sus maestros, por la que, desde la miseria, vuelve a brindar.
A Sossai le ha salido un Kaurismäki del Véneto, un filme rodado en Treviso atravesado por la música de los perdedores. Con él se esculpe la imagen de un país que no existe pero en el que buena parte de quienes son o serán sus espectadores sentirán haber vivido y conocido de un modo u otro. Tal vez por el cine. Porque esas correrías dieron de vivir y alimentaron muchas películas. Por eso, en el cine encuentra esta historia su vehículo ideal.
El caso es que «La última ronda en Venecia», con sus altibajos, con momentos locos, con minutos lentos, ha sido construida sobre el cruce de dos generaciones, dos tiempos históricos unidos por un monumento a la muerte. De las muchas lecturas que «La última ronda en Venecia» genera, una nos habla de la cesión de un testigo entre dos tiempos distintos. El escenario de ese momento de lúcida complicidad acontece en la llamada «Tumba Brion» (Tomba Brion).
Carlo Scarpa, un afamado arquitecto de la Italia de los grandes maestros del siglo XX, recibió el encargo de realizar un monumento fúnebre. Dado que estamos cerca de la Verona de los amantes eternos, la tumba encargada por la viuda de Brion, un conocido empresario italiano pionero de la expansión de los televisores domésticos, adquirió un especial sentido romántico. Scarpa -otro guiño a Kauriskami- concibió su conjunto funerario con elegancia zen y con sentido armonioso, esencial, desnudo. Menos es más y bajo esa premisa, «La última ronda» se ve sacudida por pequeños recovecos de profunda inspiración.
Contribuye a su hermosura y a su éxito entre sus compatriotas, la profunda sensación de que en ese quimérico abrazo entre un joven arquitecto enamorado sin éxito y dos granujas con el ritmo descompensado, late la nostalgia por un tiempo irremisiblemente perdido. El de la Italia de la segunda mitad del siglo XX, la que soñó, tras la pesadilla del fascismo, con un mundo mejor que, sin llegar, ya se había ido.
