Desde «El hilo invisible» (2017) de Paul Thomas Andersen, el rostro de Vicky Krieps (Luxemburgo, 1983) impone la misma confianza que transmiten los más grandes histriones al estilo de Meryl Streep.
Hacia la mitad de la película, cuando el conflicto ya ha asomado en todo su esplendor, cuando los personajes de Berto Romero y Judit Martín subliman su negro futuro a golpe de amor, disparate y entusiasmo, sobre «Pizza Movies» sobrevuela sugerente y conmovedor el fantasma del Fernando Fernán Gómez de «La vida alrededor» (1959).
Entre el miedo y la belleza, entre la incertidumbre y el descubrimiento, avanza rotunda, solemne y hermosa una de esas películas que no admiten titubeos. Entre una representación de la llaga de Cristo que, a su vez, evoca el sexo femenino, y las voces seráficas de un coro de jóvenes adolescentes, se despliega la crónica de un despertar, ese tránsito que va de la infancia a la madurez, de sentir como una niña a desear como mujer.
En todo conflicto de guerra civil, los más olvidados son aquellos que son reprimidos, torturados y asesinados por sus propios compañeros. Eso aconteció por ejemplo con los militares monárquicos que se sintieron traicionados por Franco cuando, tras las caídas de los fascismos europeos, el dictador se empeñó en perpetuarse.
Desde el delirio, a medio camino entre la ambición y la insensatez, Bi Gan (Kaili, 1989) expone en 160 minutos su «Histoire[s] du cinéma». Lo que Jean-Luc Godard abordó en clave documental entre 1988-1998, bajo la forma de un ensayo de saqueo, talento y humo; o sea recopilando reliquias de mil y una películas de lo que el cine fue, Bi Gan lo reinventa bajo la apariencia de un relato onírico.
Alice Winocour (París, 1976) acarició con «Próxima» (2019) la que podía haber sido su obra maestra. Como acontece con cierta frecuencia en algunas películas, lo que durante muchos minutos se percibe como extraordinario, termina por malograrse en los últimos minutos por un exceso de retórica, por ceder a lo evidente, por querer redondear lo que debe sobrevivir desde el mutismo y la aspereza.
Fatih Akin (Hamburgo, 1973) surgió como un director airado, feroz, inmisericorde. Jugaba bajo pabellón alemán, pero ponía en valor sus raíces turcas. Sus primeras películas chorreaban violencia. Debutó con «Corto y con filo», el relato de tres cachorros de arrabal, tres desarraigados en Alemania; Gabriel, Bobby y Costa, procedentes de Turquía, Serbia y Grecia. Eran hijos de dioses irreconciliables, pero les unía el caminar por el «wild side» de la vida.




