Entre Toronto y Montreal no solo se levanta un muro idiomático. No se trata únicamente -que también-, de hablar en francés o en inglés, sino que, conceptualmente, en ese enfrentamiento dialéctico sobrevive el último escenario del conflicto europeo.
Hacia la mitad de la película, cuando el conflicto ya ha asomado en todo su esplendor, cuando los personajes de Berto Romero y Judit Martín subliman su negro futuro a golpe de amor, disparate y entusiasmo, sobre «Pizza Movies» sobrevuela sugerente y conmovedor el fantasma del Fernando Fernán Gómez de «La vida alrededor» (1959).
Decir que el cine de Emmanuel Mouret (Marsella, 1970) limita al norte con Eric Rohmer y que desde el oeste recibe la herencia de Woody Allen, no agota las cualidades que le son propias. Actor antes que director y guionista, en «Tres amigas» se hace más evidente que nunca que Mouret posee un instinto singular, personal y certero para desnudar las veleidades del amor, el sexo, el deseo y el romance.
Mientras proliferan en la cartelera comedias grasientas que buscan la sonrisa en lo escatológico, sorprende este relato sin pretensiones ni zafiedad sobre un clásico argumento de enredos y confusión con pulsiones románticas y el fantasma de los celos. Dirigida, escrita y protagonizada en un papel secundario por Bruno Podalydès, «El barco del amor» no navega a la deriva; lo hace por el viejo cauce de la comedia clásica de los años 30 y 40 del siglo pasado.
Woody Allen (Manhattan, 1935), no cree en dios. En consecuencia, cuando la existencia le impone la sombra de la incertidumbre, no puede acudir al «relojero del tiempo» para aplacar su sed de conocimiento. Y no es porque ese relojero divino le fuera a dar respuesta; los dioses no hablan por más que sus fieles escuchen.






