En Roma no se apreciaba mucho a Odiseo, al que allí llamaban Ulises. La etimología de su nombre ya nos señala alguna pista: «el que provoca odio». Por otra parte, la lectura detenida de sus peripecias determina un mal diagnóstico.
Cuando en el momento postrero el padre de Hamlet, protagonizado por el propio Shakespeare en la versión de Chloé Zhao, se interna en la oscuridad de la puerta de la muerte, se percibe que, detrás de ese velo negro, vigila Steven Spielberg, productor junto a Sam Mendes de esta película nacida para que el Oscar ampare su camino.
Entre «La boda de mi mejor amiga» (2011) -no confundir con «La boda de mi mejor amigo» (2007), la de Julia Roberts-, y «La asistenta» (2025), ha sobrevenido un tsunami emocional que ha cambiado muchas cosas para que, atentos a la ley de Lampedusa manifestada en «El Gatopardo», todo siga igual al estilo de Julio Iglesias.
Guillermo del Toro comienza su incursión en la reescritura del mito de Frankenstein, allí donde terminaba la mirada de Gonzalo Suárez en Remando al viento, en mitad de la nada helada. A modo de preámbulo, con los esfuerzos de la tripulación de un barco varado por el hielo, se inicia un periplo articulado en dos capítulos.







