A medio camino entre el Saturno devorador de sus propios hijos y Narciso, el vanidoso enamorado de sí mismo, se perfila Andrew Dyer (Bill Nighy), un escritor se nos dice que laureado y que lleva veinte años sin escribir ni salir de casa. Víctima del éxito, ese Andrew Dyer encarna la aberración en la que desembocan los necios ilustrados ablandados por el dinero, la fama y el poder.
Al menos tres películas recientes resuenan en «El ser querido», la obra con la que el equipo Sorogoyen-Peña pretende independizarse de la acción para bucear en la emoción. Se trata(ba) de decir adiós al «thriller» para dar buenos días al melodrama pero ¿es posible escapar de los instintos propios? «El ser querido» responde, sobre todo, a esta cuestión.
Louis Delgrés fue un oficial francés mulato de ascendencia africana que dio su vida en la isla Guadalupe luchando por abolir la esclavitud. En 1802, en plena efervescencia napoleónica, la libertad, igualdad y fraternidad de la revolución francesa se había olvidado de los hombres y mujeres de África contra los que se había dado la orden de restitución de la esclavitud.
Probablemente nadie lo pensó, pero se da el hecho de que en castellano y en inglés, el título original de la segunda película larga de Huo Meng, en su primera palabra: Living/Vivir coincide con el título de dos obras magníficas, dos joyas del cine oriental: «Vivir».
«Vivir» fue el título entre nosotros de las películas de Akira Kurosawa de 1952 y Zhang Yimou de 1994.
Intentar seguir el rastro profesional de Miguel Ángel Jiménez (Madrid, 1979) a través de sus películas, arroja señales cuando menos confusas. ¿Qué se podría decir sobre la naturaleza de su identidad autoral a la vista de su irregular trayectoria? En 2018 estrenó «Y en cada lenteja un dios», un documental gastronómico, que el Festival de San Sebastián incorporó a su programa.
Me reconozco un «Sangsooalcoholic». Sus primeros títulos, allá por los 90 me parecieron buenos. Estos, los de los últimos 5 años, los encuentro, incluso, mejores. No busco salir de su influjo, no necesito escapar de su embrujo; esta adición no me destruye, aunque, como el filme que ahora nos ocupa, termine por dejar una desasosegante sensación de patético fracaso.





