A medio camino entre el Saturno devorador de sus propios hijos y Narciso, el vanidoso enamorado de sí mismo, se perfila Andrew Dyer (Bill Nighy), un escritor se nos dice que laureado y que lleva veinte años sin escribir ni salir de casa. Víctima del éxito, ese Andrew Dyer encarna la aberración en la que desembocan los necios ilustrados ablandados por el dinero, la fama y el poder.
La «heterosis» es el McGuffin -o sea, el pretexto- que sostiene el argumento de «Jim Queen». La heterosis, se nos dice, es un virus de origen desconocido que afecta al colectivo homosexual. Sus efectos inmediatos aparecen cuando los infectados comienzan a perder sus señas de identidad físicas y psicológicas.
Parafraseando al Víctor Jara que cantaba aquello de «La vida es eterna en cinco minutos», este filme de Paolo Virzì podría haberse titulado «La muerte es eterna en cinco segundos». Esos cinco segundos adquieren y desvelan, en la recta final del filme, la clave de todo su sentido. Sentido trágico, doloroso y comprometido.
La moraleja final de «El coro de Praga» grita alto que no es verdad que la música amanse a las fieras, al menos no a las más depredadoras, a las llamadas racionales. Dicho esto, para no revelar más de lo que resulta prudente, abordaremos las turbulencias que inquietan y perturban a las jóvenes protagonistas de este inclasificable filme.
Intentar seguir el rastro profesional de Miguel Ángel Jiménez (Madrid, 1979) a través de sus películas, arroja señales cuando menos confusas. ¿Qué se podría decir sobre la naturaleza de su identidad autoral a la vista de su irregular trayectoria? En 2018 estrenó «Y en cada lenteja un dios», un documental gastronómico, que el Festival de San Sebastián incorporó a su programa.






