Sin tumultos, sin relámpagos, paso a paso, proyecto a proyecto, Pietro Marcello (Caserta, Italia, 1976) ha levantado una filmografía robusta y poética, de suave hierro y emociones de coral. Sus crónicas rebosan belleza, pero rasgan la piel de quien se acerca demasiado.
A pesar de la llamada «paradoja nórdica», esa situación paradójica en donde conviven los más altos niveles de igualdad con alarmantes altas tasas de violencia de género contra las mujeres, es innegable que en Escandinavia se están imponiendo los prototipos convivenciales que imperarán en nuestro futuro inmediato
Entre el miedo y la belleza, entre la incertidumbre y el descubrimiento, avanza rotunda, solemne y hermosa una de esas películas que no admiten titubeos. Entre una representación de la llaga de Cristo que, a su vez, evoca el sexo femenino, y las voces seráficas de un coro de jóvenes adolescentes, se despliega la crónica de un despertar, ese tránsito que va de la infancia a la madurez, de sentir como una niña a desear como mujer.
Alice Winocour (París, 1976) acarició con «Próxima» (2019) la que podía haber sido su obra maestra. Como acontece con cierta frecuencia en algunas películas, lo que durante muchos minutos se percibe como extraordinario, termina por malograrse en los últimos minutos por un exceso de retórica, por ceder a lo evidente, por querer redondear lo que debe sobrevivir desde el mutismo y la aspereza.
Fatih Akin (Hamburgo, 1973) surgió como un director airado, feroz, inmisericorde. Jugaba bajo pabellón alemán, pero ponía en valor sus raíces turcas. Sus primeras películas chorreaban violencia. Debutó con «Corto y con filo», el relato de tres cachorros de arrabal, tres desarraigados en Alemania; Gabriel, Bobby y Costa, procedentes de Turquía, Serbia y Grecia. Eran hijos de dioses irreconciliables, pero les unía el caminar por el «wild side» de la vida.






