Bajo la apariencia de una comedia romántica -su argumento gira en torno a los preparativos de una boda y su inminente celebración-, Kristoffer Borgli, el cineasta que vino de la fría Oslo, dinamita géneros y convenciones, lenguajes y metalenguajes, apuntando al «sueño armado» de los EE.UU.
Me reconozco un «Sangsooalcoholic». Sus primeros títulos, allá por los 90 me parecieron buenos. Estos, los de los últimos 5 años, los encuentro, incluso, mejores. No busco salir de su influjo, no necesito escapar de su embrujo; esta adición no me destruye, aunque, como el filme que ahora nos ocupa, termine por dejar una desasosegante sensación de patético fracaso.
Goya el mejor cortometraje del año de la pandemia, 2021, «A la cara» ha crecido como largometraje con los mismos protagonistas. Javier Marco y Belén Sánchez Arévalo, director y coguionistas, han vuelto a contar con Manolo Solo y Sonia Almarcha para expandir lo que en apenas quince minutos se mostró como un inteligente relato sobre los acosos en la red y sus consecuencias.
Entre el miedo y la belleza, entre la incertidumbre y el descubrimiento, avanza rotunda, solemne y hermosa una de esas películas que no admiten titubeos. Entre una representación de la llaga de Cristo que, a su vez, evoca el sexo femenino, y las voces seráficas de un coro de jóvenes adolescentes, se despliega la crónica de un despertar, ese tránsito que va de la infancia a la madurez, de sentir como una niña a desear como mujer.
En todo conflicto de guerra civil, los más olvidados son aquellos que son reprimidos, torturados y asesinados por sus propios compañeros. Eso aconteció por ejemplo con los militares monárquicos que se sintieron traicionados por Franco cuando, tras las caídas de los fascismos europeos, el dictador se empeñó en perpetuarse.
Desde el delirio, a medio camino entre la ambición y la insensatez, Bi Gan (Kaili, 1989) expone en 160 minutos su «Histoire[s] du cinéma». Lo que Jean-Luc Godard abordó en clave documental entre 1988-1998, bajo la forma de un ensayo de saqueo, talento y humo; o sea recopilando reliquias de mil y una películas de lo que el cine fue, Bi Gan lo reinventa bajo la apariencia de un relato onírico.
Alice Winocour (París, 1976) acarició con «Próxima» (2019) la que podía haber sido su obra maestra. Como acontece con cierta frecuencia en algunas películas, lo que durante muchos minutos se percibe como extraordinario, termina por malograrse en los últimos minutos por un exceso de retórica, por ceder a lo evidente, por querer redondear lo que debe sobrevivir desde el mutismo y la aspereza.




