Sebastián, un joven fascista que toca la trompeta en la banda de su pueblo, está emocionado porque espera, al estilo de «Bienvenido, Mister Marshall» la llegada de sus correligionarios en plena guerra civil.
A medio camino entre el Saturno devorador de sus propios hijos y Narciso, el vanidoso enamorado de sí mismo, se perfila Andrew Dyer (Bill Nighy), un escritor se nos dice que laureado y que lleva veinte años sin escribir ni salir de casa. Víctima del éxito, ese Andrew Dyer encarna la aberración en la que desembocan los necios ilustrados ablandados por el dinero, la fama y el poder.
La acción de «Tiempo de Victoria» acontece en apenas tres días. Los que precedieron al 6 de junio de 1944, el día D, el del desembarco aliado en Normandía. La obra de David Haig, autor de la novela y coguionista de la película, crece sobre la frase atribuida a «Ike» Eisenhower al preguntarle años después por qué se ganó aquella batalla: «Porque teníamos mejores meteorólogos que los alemanes».
Se cuenta que Chuck Jones creó al «Coyote» y al «Correcaminos», a finales de los 40, inspirado por una breve digresión de Mark Twain en su novela «Pasando fatigas» (1872). En esa historia sobre la fiebre del oro que vivió y sufrió el propio Twain en primera persona, se afirma que cuando el hambre aprieta, hay coyotes que son capaces de cazar correcaminos.
Cinco años antes de rodar este «Forastera», su autora, Lucía Aleñar Iglesias (Madrid, 1993) ya había dado forma a la misma cuestión del duelo, a la idea de cómo una ausencia crea presencia, en un cortometraje homónimo del que parte su primer largo acogido entre algodones en festivales como Toronto y la Seminci de Valladolid.
En tiempos donde algunos se cuestionan la identidad de cinematografías territoriales, la contemplación de «El ladrón de perros» proclama que hay cuestiones altamente resbaladizas. Vinko Tomicic, director chileno formado en Argentina, ha escrito y dirigido un filme coproducido por varios países latinoamericanos, por Francia y por Italia.
Parafraseando al Víctor Jara que cantaba aquello de «La vida es eterna en cinco minutos», este filme de Paolo Virzì podría haberse titulado «La muerte es eterna en cinco segundos». Esos cinco segundos adquieren y desvelan, en la recta final del filme, la clave de todo su sentido. Sentido trágico, doloroso y comprometido.
Escrita a diez manos, o sea con la participación de sus cuatro protagonistas junto al director, su guion ya denota y delata la naturaleza con la que ha nacido esta curiosa comedia neorromántica que tiene en la cantante Charli XCX su principal reclamo de salida. «Erupcja», palabra polaca que significa «erupción», dura poco más de una hora, brevedad agradable en tiempo de películas siempre alargadas, siempre excesivas.



