David Ayer (Illinois, 1968) se mueve cómodo en el género de acción. De David Ayer se supo por vez primera, gracias al guion de Training Day (2001) de Antoine Fuqua. Escritor antes que director, resulta curioso contemplar a un profesional de la palabra al frente de un filme en el que no hay diálogo posible porque en el 98% de su metraje el plano lo ocupan un hombre y un perro.
La acción de «Tiempo de Victoria» acontece en apenas tres días. Los que precedieron al 6 de junio de 1944, el día D, el del desembarco aliado en Normandía. La obra de David Haig, autor de la novela y coguionista de la película, crece sobre la frase atribuida a «Ike» Eisenhower al preguntarle años después por qué se ganó aquella batalla: «Porque teníamos mejores meteorólogos que los alemanes».
Le faltan unas semanas para cumplir 89 años, pero su cine, esas películas que año a año con regularidad relojera ha ido construyendo, no lo aparentan. Autor de piezas que siguen fascinando a jóvenes espectadores y a cinéfilos veteranos como «Los duelistas», «Alien: el octavo pasajero», «Blade Runner», «Thelma y Louise», «Gladiator», «El reino de los cielos» y «El último duelo», entre casi 30 largometrajes, nadie diría que Scott está a un paso de convertirse en nonagenario.
La moraleja final de «El coro de Praga» grita alto que no es verdad que la música amanse a las fieras, al menos no a las más depredadoras, a las llamadas racionales. Dicho esto, para no revelar más de lo que resulta prudente, abordaremos las turbulencias que inquietan y perturban a las jóvenes protagonistas de este inclasificable filme.
Como tantas veces acontece en un relato cinematográfico, en el propio filme se nos recuerda que la historia está basada en hechos que han sucedido. Se trata de un aviso ambiguo que nunca se acaba de entender por qué se hace ni qué grado de fidelidad sostendrá con respecto a su supuesto vínculo con lo real.






