El 17 de agosto de 2017, Barcelona, Cataluña y España entraron en situación de alerta. Una camioneta había sembrado la muerte en Las Ramblas atropellando, abatiendo de manera literal, a decenas de paseantes que, en el sopor de la tarde, deambulaban por la céntrica vía barcelonesa.
Le faltan unas semanas para cumplir 89 años, pero su cine, esas películas que año a año con regularidad relojera ha ido construyendo, no lo aparentan. Autor de piezas que siguen fascinando a jóvenes espectadores y a cinéfilos veteranos como «Los duelistas», «Alien: el octavo pasajero», «Blade Runner», «Thelma y Louise», «Gladiator», «El reino de los cielos» y «El último duelo», entre casi 30 largometrajes, nadie diría que Scott está a un paso de convertirse en nonagenario.
La moraleja final de «El coro de Praga» grita alto que no es verdad que la música amanse a las fieras, al menos no a las más depredadoras, a las llamadas racionales. Dicho esto, para no revelar más de lo que resulta prudente, abordaremos las turbulencias que inquietan y perturban a las jóvenes protagonistas de este inclasificable filme.
Como tantas veces acontece en un relato cinematográfico, en el propio filme se nos recuerda que la historia está basada en hechos que han sucedido. Se trata de un aviso ambiguo que nunca se acaba de entender por qué se hace ni qué grado de fidelidad sostendrá con respecto a su supuesto vínculo con lo real.
En «Historia de los dos reyes y los dos laberintos» Jorge Luis Borges confrontaba el dédalo hecho por el hombre: un constructo de piedra y/o vegetación de altas paredes levantadas para provocar la confusión de quien es allí introducido; con el desierto, una extensión casi infinita de arena y sol líricamente conocida como el laberinto de Dios.






