Título Original: SHENG XI ZHI DI Dirección y guion: Huo Meng Intérpretes: Wang Shang, Zhang Chuwen, Zhang Yanrong, Zhang Caixia, Cao Lingzhi, Zhou Haotian País: China. 2025 Duración: 132 minutos
La vida no sigue igual
Probablemente nadie lo pensó, pero se da el hecho de que en castellano y en inglés, el título original de la segunda película larga de Huo Meng, en su primera palabra: Living/Vivir coincide con el título de dos obras magníficas, dos joyas del cine oriental: «Vivir».
«Vivir» fue el título entre nosotros de las películas de Akira Kurosawa de 1952 y Zhang Yimou de 1994. Dos relámpagos iluminadores que en nada se parecen, salvo en que deberían verse al menos dos o tres veces en una vida. El caso es que Huo Meng denominó a su segundo largometraje «Sheng xi zhi di», cuya traducción literal sería «Un lugar donde habitar y multiplicarse». De eso va este filme: de un paisaje y de un paisanaje. De un lugar y un tiempo para habitar salpicado, en este caso, por los recuerdos de su propia infancia. Lo que Meng coloca en el interior de este «Vivir la tierra» se percibe como fogonazos de memoria. Sombras, no idealizadas ni embellecidas ni tampoco juzgadoras, sobre un pasado desaparecido que rezuma una helada melancolía. Y con ella, con un compromiso de realismo sin maquillar, explota el escalofrío de presenciar cómo, en apenas en 30 años, China ha asumido una metamorfosis asombrosa. La que el citado Zhang Yimou vislumbró con estremecimientos de náufrago en «Keep Cool» (1997).
Huo Meng nació en Taikang, en la provincia china de Henan, en 1984. Allí transcurre su segunda película tras «Crossing the border» (2018), ópera prima con la que Jia Zhang-ke descubrió que al menos había otro director en su misma órbita. En cuanto a «Vivir la tierra» acontece en 1991, en la zona rural de Henan, donde la cosecha se recogía con hoces y la trilla consistía en desgranar grano a grano las espigas doradas. Sería lo mismo que decir que la película crece sobre los recuerdos íntimos de un Huo Meng que, en aquel entonces, tenía ocho años. Así es. Sobre las huellas recreadas de la niebla de una infancia perdida medra un filme que parece haber sido arrancado a la propia existencia. Meng no aplica el barniz feliz del cine ochentero de fantasía y bienestar del Hollywood de «Cuenta conmigo» (1986), «Los Goonies» (1985) o «E.T.» (1982). Entonces se hubiera visto como imposible que los dueños del país de «Regreso al futuro» hoy se desmoronasen económicamente ante los herederos de los agricultores de ingenuidad y miseria que protagonizan esta película.
Huo Meng regresa al mundo rural que sirvió de despegue al Zhang Yimou de «Sorgo rojo» y al Cheng Kaige de «Tierra amarilla». Un mundo de rituales y tradiciones convertidas, tras años de revoluciones de sangre y pesadillas culturales, en pura farsa. Sus protagonistas conforman una desparramada familia cuyas tumbas se hallan en los mismos campos donde se siembra y germina lo que durante siglos les ha dado sustento, identidad y referencia.
Pero las cosas cambian, incluso en un lejano oriente de tradiciones milenarias al que los romanos llamaban Serica, la tierra de donde provenía la seda. De hecho, como el Kin Ki Duk previo al que se perdió en la vanidad y el exceso, Huo Meng construye su «Primavera, verano, otoño, invierno… y primavera» (2003) definitivamente ajeno a hálitos poéticos y ni mucho menos religioso, políticos ni budistas.
Sorprende la precisión quirúrgica de Huo Meng. Sus actores no lo son, rezuman una autenticidad sobrecogedora. No se oculta que al ser una especie de autobiografía ficcionada, Meng deja que su alter ego se deslice como un testigo de cargo, con una mirada que oscila entre la comprensión y la perplejidad. Lo que desconcierta es percibir la inexorable ley de que lo particular deviene en universal, que las andanzas a través de los ciclos climáticos y los ceremoniales de muerte, nacimiento y boda que jalonan el fluir de la existencia, nos resulten propios. El testigo accidental, el pequeño Chuang -es él quien relata la historia-, vive con sus abuelos porque sus padres han emigrado al sur en busca de bonanza laboral. Es el año del final de la URSS, el de la guerra del Golfo, el del nacimiento de internet. Los vientos del cambio vacían las pobres aldeas. Esas a las que Huo Meng levanta esta sosegada tumba para invitar a sus ancestros a que permanezcan cerca. Para mostrar a quienes no los conocieron, el lugar de su procedencia. Una tierra para habitar y multiplicarse. Eso y nada más que eso se desvela esta bella película.
