Al menos tres películas recientes resuenan en «El ser querido», la obra con la que el equipo Sorogoyen-Peña pretende independizarse de la acción para bucear en la emoción. Se trata(ba) de decir adiós al «thriller» para dar buenos días al melodrama pero ¿es posible escapar de los instintos propios? «El ser querido» responde, sobre todo, a esta cuestión.
La moraleja final de «El coro de Praga» grita alto que no es verdad que la música amanse a las fieras, al menos no a las más depredadoras, a las llamadas racionales. Dicho esto, para no revelar más de lo que resulta prudente, abordaremos las turbulencias que inquietan y perturban a las jóvenes protagonistas de este inclasificable filme.
Louis Delgrés fue un oficial francés mulato de ascendencia africana que dio su vida en la isla Guadalupe luchando por abolir la esclavitud. En 1802, en plena efervescencia napoleónica, la libertad, igualdad y fraternidad de la revolución francesa se había olvidado de los hombres y mujeres de África contra los que se había dado la orden de restitución de la esclavitud.
En una de las intervenciones de este documental de muchas voces que reivindica el valor de un virtuoso de huella leve y recuerdo imperecedero, se citan tres piezas fundamentales para poder abismarse en el horror del siglo XX: «Si esto es un hombre» de Primo Levi, «Shoah» de
Claude Lanzmann y «Maus» de Art Spiegelman.
Como acontece con tantos biopics dedicados a personas nacidas en el último siglo y medio; es decir, de las que existen filmaciones de ellas, Mario Martone no se resiste a la tentación de incluir, en el tiempo de los créditos, un inserto real de la mujer que durante casi dos horas ha sido ficcionada.






