Título Original: EL SER QUERIDO Dirección: Rodrigo Sorogoyen Guion: Isabel Peña y Rodrigo Sorogoyen Intérpretes: Javier Bardem, Victoria Luengo, Raúl Arévalo, Marina Foïs, Mourad Ouani y Raúl Prieto País: España. 2026 Duración: 135 minutos
Padre y patrón
Al menos tres películas recientes resuenan en «El ser querido», la obra con la que el equipo Sorogoyen–Peña pretende independizarse de la acción para bucear en la emoción. Se trata(ba) de decir adiós al «thriller» para dar buenos días al melodrama pero ¿es posible escapar de los instintos propios? «El ser querido» responde, sobre todo, a esta cuestión.
Su primera «hermandad» comparte ecos con «Valor sentimental» (2025) de Joachim Trier, ya que se centra en la relación entre un consagrado cineasta y su hija, a la que reclama y con la que se rozará en un doble encuentro padre/director e hija/actriz. La segunda late en las venas de su metalenguaje, en ese cine dentro del cine» que la emparenta con el Pedro Almodóvar de «Amarga navidad» (2025). Finalmente, y debido a su localización, la tercera presencia, la del paisaje, el desierto del pasado colonial español, evoca y convoca al Oliver Laxe de «Sirât» (2025) y a una mirada al regreso a un pasado con dolor de huida y abandono. En todos los casos, estamos ante casualidades sin ninguna voluntad de confluir. Son señales, más que pruebas, de que (casi) nadie se libera de las cadenas de su tiempo. Por ello hablaríamos de coincidencias que dan noticia de que «El ser querido» es cine de altas pretensiones con sed de prestigio.
La semilla germinal de «El ser querido» nace de un impulso, de una imagen: enfrentar a un padre con su hija, a la que apenas ha conocido. En el imaginario de Peña y Sorogoyen, ese padre y esa hija adquirieron de manera inequívoca los rostros de Victoria Luengo y Javier Bardem lo que tiñó la escritura de los personajes con el ADN de quienes iban a interpretarlos. Sujeta a diferentes escrituras de guion, empapada de la propia piel y carne y símbolo de lo que son y representan Javier Bardem y Victoria Luengo, Sorogoyen ha desarrollado un filme complejo, abigarrado, ambivalente y superlativo.
Un filme sobre la culpa y el perdón, sobre la víctima y el victimario, sobre la transmisión genética y el poder. Poder patriarcal, poder tiránico, poder masculino, poder sin freno. Soñada cuando «As bestas» todavía no se había estrenado, asumida como la necesidad de cambiar de tono, la idea era mutar el horror de lo extremo por la sutileza de lo íntimo. Así que Peña y Sorogoyen, maestros del dibujo de la bajeza humana, retratistas de la corrupción de cocaína fácil y de cutre prostitución, de psicópatas asesinos y de asesinatos rurales, por vez primera decidieron adentrarse en el mundo de Bergman y en los quebrantos íntimos.
La secuencia inicial, proverbial del riesgo y rigor con el que Sorogoyen planificó «El ser querido», pertenece a una conversación aplazada desde la niñez. Una mezcla de férrea estructura argumental atravesada por estremecimientos auténticos de improvisación. Cámara(s) pegada(s) a la nuca, planos robados, silencios incómodos, frases de repertorio y el preámbulo del duelo que se avecinará luego.
Si es cierto que se pueden encontrar referencias a otros títulos, no lo es menos que con quien más vinculación guarda «El ser querido», por más que parezca cambiar el negro por el rojo, sea con el propio cine de Sorogoyen. Por ejemplo, en la citada secuencia de apertura se juega la misma carta, el comodín del advenimiento, con el que se abre «Antidisturbios». Aquí como allí, se nos hace saber alrededor de una mesa, que las cosas no son lo que parecen y que la verdadera naturaleza de ese padre y su hija supura fuego, carácter y contradicción.
Con ese «joker», Sorogoyen encabeza un despliegue de estrategia autoral en el que se involucra todo el equipo con Bardem y Luengo al frente de todo. En ese todo destacan secuencias como la del rodaje, también en torno a una mesa, en la que se lleva al público de la risa al horror. En esa secuencia, hija de la ira y huérfana del amor que muestra al monstruo, es donde el cine de Sorogoyen alcanza su punto álgido.
En ese alarde de formatos y escalas cromáticas, en esa orfebrería de resonancias y guiños, Sorogoyen confunde a veces la poesía con la rima y lo profundo con lo tremendo. «El ser querido» rebosa mucho oficio y nos regala hermosos minutos, buenas ideas, un palimpsesto de dobles y triples sentidos. Pero en ese drama entre un padre y su hija cuyo final y comienzo se abrazan, se impone la tristeza, no por la pérdida de lo que una vez se fue, sino por el vacío yermo de lo que jamás (sos)tuvo algo.
