Título Original: DIGGER Dirección: Alejandro González Iñárritu Guion: Alejandro González Iñárritu, Alexander Dinelaris, Nicolás Giacobone y Sabina Berman Intérpretes: Tom Cruise, Riz Ahmed, John Goodman y Sandra Hüller País: EE.UU. 2026 Duración: 128 minutos
El fin de la razón
Quien considere las últimas películas de González Iñárritu como actos fallidos de la megalomanía del oscarizado director mexicano, entenderá «Digger» como la culminación de un narcisismo sin freno; el desastre final de un egotismo superlativo. «Digger» escenifica la historia de un millonario a partir de la exaltación de la hipérbole y el colmo del barroquismo postmoderno. Convierte a un Tom Cruise irreconocible, en la encarnación de un náufrago patético. Como no hay límite ni contención en esta huida hacia el abismo, «Digger» se nos aparece como «Megalópolis» (2024) de Coppola o «La puerta del cielo» (1980) de Cimino. Es decir, un tiro en el pie, un seppuku artístico pero, como tal, un texto arrebatado por el despropósito y lo inabarcable. Hay tanta intemperancia en esta obra del autor de «Amores perros», que en ella lo grotesco resulta singular y esa fosa en la que se hunde, emite destellos únicos.
Con «Digger», el cavador, se excava su tumba el actor paradigma de «Misión imposible», la estrella que rueda sin red porque evita a los especialistas de riesgo. Fiel a su querencia por ponerse al límite, el principal atractivo de este filme nos aguarda en el retrato de un Tom Cruise, cuyo personaje, un actor que prepara una obra de teatro sobre los restos que quedan tras la venida del Apocalipsis, se inmola en la melancolía. Cruise representa en «Digger» al hombre más rico del mundo, una mezcla entre el desquiciado Elon Musk y el hipotético nieto del personaje principal de «Pozos de ambición» (2007). Anclado en él, Iñárritu penetra en el mundo de la enajenación. Como hiciera su compatriota Alfonso Cuarón en «Hijos de los hombres» (2006), «Digger» representa la crónica de un futuro fundido y muestra la resaca del poder que convierte a los habitantes de «lo que queda del mundo», en espectadores aborregados de un estado militarizado. Es la versión «Iñárritu» de aquel «Teléfono rojo» de Kubrick.
Su distopía se ritualiza con un despliegue portentoso de medios. Tantos, que la fábula terrible que alimenta «Digger» puede arrastrar al propio Iñárritu y todos sus Oscar. Pero también al Tom Cruise, siempre mejor de lo que acaba siendo, y a la propia Warner, el imperio que creó «Matrix» y «2001: Una odisea del espacio». Eso sí, de estas llamas se conservarán imágenes inolvidables sobre el fin, no del mundo, sino de la razón y el equilibrio.
