Nuestra puntuación
3.0 out of 5.0 stars

Título Original: THE SOCIAL RECKONING Dirección: Aaron Sorkin Guion: Aaron Sorkin y Jeff Horwitz Intérpretes:  Mikey Madison, Jeremy Allen White, Jeremy Strong, Wunmi Mosaku, Betty Gilpin y Billy Magnussen País: EE.UU. 2026  Duración:  112 minutos

La no ética digital

De la cabeza de Aaron Sorkin surgió el guion de «La red social» (2010) de David Fincher. En aquella ocasión, Sorkin se apoyó en la biografía sobre Mark Zuckerberg de Ben Mezrich para construir, con verbo acelerado y montaje de electrocución, la historia del nacimiento de Facebook. El resultado reforzó la credibilidad de Fincher como uno de los grandes cineastas de su tiempo y dio noticia de que el invento de Zuckerberg, además de hacerle inmensamente rico, nos traería días de duelos y quebrantos y un tiempo de cambio y desorientación.

Han pasado más de tres lustros y el mundo se suicida lentamente con y ante la IA y la red. Es la hora de una derecha extrema sin memoria y de una vieja derecha democristiana que de la Biblia recuerda poco y que al jefe de la eterna iglesia católica no quiere ni escuchar. La deshumanización avanza al galope y de la resistencia hay pocas noticias. Ahora sabemos que la red nos supone un peaje envenenado.

De eso, de la radicalización y de la progresiva deshumanización inherentes al (mal) uso de las nuevas tecnologías va esta película. Por eso «El precio de la red» legitima y ratifica la valía del director de «El juicio de los 7 de Chicago» (2020). Sorkin, ahora, como responsable absoluto del filme, evidencia que, tras una impecable trayectoria como guionista y director, es un brillante constructor audiovisual. Realizador de ritmo anfetamínico, Sorkin deja al espectador sin aliento y a la crítica sin objeciones porque, durante 112 minutos, su filme conforma una crónica intensa, inmensa y desoladora.

El argumento y el guion de «El precio de la red» han sido pulidos hasta la extenuación. Todo ha sido medido con precisión alquímica. Los diálogos reclaman ser citados y en el filme todo encaja hasta sus últimas consecuencias. Sorkin recoge aquel tono descreído y sin embargo esperanzador del cine de denuncia propio de los 70. En él, con él, se encomienda y convoca referentes inequívocamente americanos como lo fueron Alan J. Pakula y Sydney Pollack. El resultado huele a espíritu liberal yanqui, al de los «buenos» demócratas, esos que nunca votaron a Reagan ni a Nixon ni tampoco hoy votarían a Trump; los mismos que creen en Robert (de Niro y Redford) y admiran a Clint Eastwood, pese a que su ideario sea conservador.

Sorkin funde el tono beligerante del cine político de autor del último tercio estadounidense del siglo XX, con los temores y terrores del tercer decenio del siglo XXI. Su filme (sobre)vuela como un reactor por los abusos de todo lo que la red significa, para constatar que la América de los MAGA, depende y descansa en manos de multimillonarios castrados de empatía como el omnipresente Mark Zuckerberg.

Sorkin establece dos líneas de proyección. En la principal une a Jeremy Allen White y Mikey Madison. La primera encarna a una ingeniera de datos de Facebook, una ferviente creyente del invento de Zuckerberg que descubre que la perversión en la empresa devora todo principio ético. Su desasosiego encuentra en un periodista, Jeff Horwitz, un reportero del Wall Street Journal bien intencionado, pero algo «vintage» e insensible al hechizo de Facebook, la correa de transmisión idónea para evitar que eso en lo que cree se desmorone por la ambición del tecno-oligarca a quien un algoritmo tóxico le parece bien si conlleva un alto beneficio.

El otro hilo conductor, se cierne en torno al propio Zuckerberg en los preparativos de su intervención. Un Zuckerberg hierático e impávido, alelado y perdido como reflejo de una situación desbocada. Tan desbocada como la primera secuencia con la que se abre el filme, sin duda lo mejor de toda la película. Una secuencia de puro terror que se levanta sobre el devastador efecto de un empoderamiento perverso. Durante muchos minutos, esa secuencia inicial no parece mantener ninguna vinculación con lo que el filme está contando.

Ese fulgurante comienzo que se aplica como una descarga de 20.000 watios y que ejemplifica la misma rabia y desprecio que cada vez son más frecuentes en las calles de medio mundo, flota en el ambiente. Ese fascismo contemporáneo, o como se le quiera llamar, hecho de desprecio al otro, mezcla letal de odio y miedo, tiene su explicación y da sentido a la crítica que plantea el filme de Sorkin. Desentrañar el origen del creciente sentimiento «hater» que sacude a una humanidad que, a fuerza de mirar pantallas y engullir contenidos envilecidos por el algoritmo, se ha vuelto un narcisista letal para quien la vida del «otro», no vale nada.

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