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2.0 out of 5.0 stars

Título Original: THE END OF OAK STREET Dirección y guion: David Robert Mitchell Intérpretes: Anne Hathaway, Ewan McGregor, Maisy Stella y Christian Convery  País: EE.UU. 2026 Duración:  100 minutos

Plástico jurásico

David Robert Mitchell (Michigan, 1974) se ha (con)fundido. El autor de «The Myth of the American Sleepover» (2010), «It Follows» (2014) y «Lo que esconde Silver Lake» (2018) se pierde en un túnel del tiempo abducido por su propia niñez. Como un náufrago sin brújula, Mitchell se aferra a la nostalgia como última esperanza de conseguir ese éxito comercial que se le resiste. ¿Lo necesitaba? Según las reglas del Trumpismo capitalista, sin duda. Y, sin embargo, Mitchell ha sido un director que, en sus películas anteriores, no dudó en encomendarse a maestros de lo perverso y lo abisal. Ese David Robert Mitchell que jugaba a ser como Hitchcock y que ponía ojitos a Lynch, a veces irregular, siempre prometedor, hoy se comporta como un torpe acólito de Spielberg pilotando un relato ochentero con olor a plástico jurásico.

Pero, aunque no lo parezca, «El final de Oak Street» crece sobre huellas biográficas. Nace como obra de autor toda vez que lo que cuenta ha sido extraído de recuerdos íntimos, de temores hondos. David Robert Mitchell ha confesado que cuando tenía 12 años, sus padres vivieron un desencuentro análogo al que protagonizan Anne Hathaway y Ewan McGregor. Aquellos miedos infantiles a que el confort del hogar zozobrase ante la amenaza del divorcio eran conjurados por el Mitchell niño, anhelando -así lo contaba el propio Mitchell- que una hecatombe de feroces monstruos contuviera el naufragio inminente. El atribulado Mitchell niño confiaba en que, ante una amenaza externa, la paz regresase a su casa y el padre asumiera su rol. Con ese impulso básico de manual de psicoanálisis, surge un argumento que recupera, mezcla y pervierte la cinética, la ética y la estética de las producciones Amblin. El cine infantil que veía Mitchell con doce años mientras temía que su padre se fuera.

La prueba decisiva de tanta traición a sí mismo viene de la mano de un productor como J.J. Abrams, el Georgie Dann del cine de verano de Hollywood. En ese sentido, J.J. Abrams ha reconducido a David Robert Mitchell, con su venia y su desvarío, hacia una mala regresión profundamente naif. Aquel cine adulto de sus inicios, hoy se convierte en una parodia de «E.T. the Extra-Terrestrial» con dinosaurios. Pastiche anacrónico porque, al mismo tiempo que se busca el barniz ochentero, se impone una alusión a la homosexualidad femenina impropia en un relato que acontece en aquel tiempo. Lo mismo acontece con la estridente música de Michael Giacchino y los sobresaltos de dinosaurios incluida la impagable y delirante secuencia del coito. Todo deriva hacia un grotesco espectáculo de refrita farsa.

Si esos fueran los peores de sus despropósitos, cabría albergar alguna ilusión sobre lo que nos aguarda en «El final de Oak Street». Pero tras cien minutos se certifica que aquí sólo hay nada. Y como acontece cuando uno mira al rostro de la nada, se impone la posibilidad de poder interrogarse por el todo. De modo que ante «El final de Oak Street», como acontece con algunas películas torpes y básicas, se despierta un auténtico festín de preguntas. Y con ellas, un filme mediocre consigue agitar las claves de su tiempo. El que aquí se representa, se ceba en la crisis del progenitor, en el derrumbe del héroe masculino, en la ruina del heteropatriarcado. Así, esa familia que vive en la calle Oak, en esos arrabales de clase media y mediocre vecindario, se ve encabezada por una esposa arrepentida, una escritora en ciernes que esconde una maleta detrás de la puerta esperando el día de su liberación.

Su esposo Greg, su hija Audrey, su hijo Brian y su perro Starbuck custodian una jaula dorada en la que el personaje de Anne Hathaway -se diría que en este verano todas las actrices USA han desaparecido- se aferra a su novela rebosante de deseos insatisfechos. Escribe en el sótano, primer lugar que será anegado. Desconoce la situación laboral de su marido y no sabe mucho sobre sus hijos. Con una paradoja temporal, de esas insostenibles que invalidan el macguffin del relato, la aparición de lo imprevisto, lo monstruoso, impondrá su ley. Con ella, aprenderá lo que hasta ahora había ignorado porque el confort ablanda las conciencias. Triunfará como escritora, pero no con un relato introspectivo como el que estaba escribiendo sino con su versión autobiográfica del parque jurásico. Ya se sabe, en EE.UU. entre lo real que abrasa y la fantasía escapista, se prefiere filmar la basura.

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