Como tantas veces acontece en un relato cinematográfico, en el propio filme se nos recuerda que la historia está basada en hechos que han sucedido. Se trata de un aviso ambiguo que nunca se acaba de entender por qué se hace ni qué grado de fidelidad sostendrá con respecto a su supuesto vínculo con lo real.
En «Historia de los dos reyes y los dos laberintos» Jorge Luis Borges confrontaba el dédalo hecho por el hombre: un constructo de piedra y/o vegetación de altas paredes levantadas para provocar la confusión de quien es allí introducido; con el desierto, una extensión casi infinita de arena y sol líricamente conocida como el laberinto de Dios.
El título original de la película de Gus Van Sant hace referencia al rudimentario pero eficaz artilugio hecho de alambre y crueldad por el que un rehén anclado a una escopeta sabe que cualquier movimiento brusco acabará con su vida. Su relato es más una reconstrucción que un ensayo sobre el desesperado caso de Tony Kiritsis.
De origen egipcio y biografía sueca, Tarik Saleh forja su cine a golpes chirriantes de hielo y fuego, inquietante mezcla inherente a un transterrado. Ahora, con «Águilas de El Cairo», Saleh culmina una trilogía -junto a «El Cairo confidencial» (2017) y «Conspiración en El Cairo» (2022)- en torno a una ciudad en la que tiene vedada la entrada.







