Nuestra puntuación
3.0 out of 5.0 stars

Título Original: BAD APPLES Dirección: Jonatan Etzler Guion: Jess O’Kane Intérpretes: Saoirse Ronan, Eddie Waller, Nia Brown, Jacob Anderson y Rakie Ayola País: Gran Bretaña. 2025 Duración:  99 minutos

Anatomía del sistema educativo

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Con ritmo febril, al estilo de esas películas que se saben únicas, redondas, sólidas y, por lo tanto, inatacables, «Bad Apples» de Jonatan Etzler zarandea al público con una montaña emocional de giros imprevisibles, de sabores agridulces, de conclusiones paradójica que transmiten el conflicto. Tras una cosecha de sorprendentes e incómodos cortometrajes rodados en su Suecia natal, el primer largometraje de este director escandinavo lo ha acometido bajo pabellón británico y con el protagonismo absoluto de una actriz, Saoirse Ronan quien, tras un buen trabajo, se supera en el siguiente.

Etzler, un poco al estilo de Ruben Östlund, o sea con un sentido del humor del que carecían sus mayores como Lars von Trier o Michael Haneke, no duda en mirar frontalmente esas situaciones, más bien encrucijadas y descensos, donde la crueldad establece su dominio. Como el citado Östlund, Etzler camina por el filo del llamado cine de la crueldad, puesto que cruel resulta su mirada hacia las paradojas y contradicciones de la sociedad actual, pero lo hace sin tremendismo, sin sangre, sin torturas, sin tormentos. O al menos, aparentemente eso parece.

Lo de sin tortura habría que preguntárselo al niño protagonista de esta fábula terrible sobre la descomposición del sistema educativo europeo basado en la tolerancia y el deseo de integración. Desterrada la violencia escolar y la disciplina de la zanahoria y el palo, Jonatan Etzler da una vuelta de tuerca a ese instinto autoritario y discriminatorio que se oculta en la sociedad humana. Ejemplos los tenemos a diario, de hecho llevamos casi dos meses embarrados en el caso ceutí con exhibiciones de alto racismo y máxima mezquindad.

En «Bad Apples», Jonatan Etzler nos recuerda la pregunta de Cucharada, el grupo de Manolo Tena, cuando cantaba aquello de «¿Quién es el culpable y quién el inocente? » Una pregunta cuya respuesta obliga a posicionarse y mancharse de algún modo.

En su cuento escolar, Etzler nos muestra un colegio británico arquetípico. El alumnado, uniformado y en orden, aspira a madurar en esa «Arcadia feliz» de la enseñanza, ese lugar donde las niñas y niños aprenden lo que se debe aprender ajenos al mundo y su ignominia. En esa clase reina Maria (Saoirse Ronan), una joven maestra dulce y angelical, profesora de primaria donde todo iría bien de no ser por un alumno de comportamiento psicótico y bipolar, cuya agresividad infunde temor y provoca situaciones incómodas y disruptivas.

Desde el primer instante, Etzler, al estilo de autores como el Jean-Claude Lauzon de «Leólo» o los Jean-Pierre Jeunet y Marc Caro de «Delicatessen», pone el metrónomo a velocidad de crucero. Desde la primera imagen, se previene al espectador de que lo que va a ver será objeto de extrañamiento y revelación. En su comienzo una cinta transportadora de una fábrica de sidra, traslada las manzanas por los diferentes estadios de tratamiento cuando la visión de una zapatilla en medio de la fruta introduce una señal de alarma. Desde ese instante, Etzler consigue captar el interés jugando con la intensidad del thriller y el suspense junto a la densidad del melodrama y el conflicto psicológico.

Hay un deseo de pellizcar en «Bad Apples», un título que, tras saber de su relato, nos extorsiona porque nos hace partícipes de las dificultades de asumir lo real. Por supuesto, lo que emana de su ópera prima enlaza con algo que atraviesa al cine escandinavo, sin duda el más avezado en la sociedad del bienestar, el más perturbado ante sus fallas e incoherencias: la necesidad de cuestionarlo todo. Ese carácter transgresor y beligerante, sazonado con humor (negro) hace que el cine de Etzler, en concreto este «Bad Apples», convoque y provoque de algún modo la inquietud que latía en «Welcome to the Dollhouse» (1995) de Todd Solondz. Esa consanguinidad implica desterrar la seguridad de los valores sociales aplicados desde la burocracia, denunciar la mentira de usos sociales devenidos en fundamentos y asumir que de ser mala manzana nadie está exento.

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