Título Original: PRESSURE Dirección: Anthony Maras Guion: Anthony Maras y David Haig según la obra de David Haig Intérpretes: Andrew Scott, Brendan Fraser, Kerry Condon, Damian Lewis y Tamsin Topolski País: Gran Bretaña. 2026 Duración: 101 minutos
El meteorólogo
La acción de «Tiempo de Victoria» acontece en apenas tres días. Los que precedieron al 6 de junio de 1944, el día D, el del desembarco aliado en Normandía. La obra de David Haig, autor de la novela y coguionista de la película, crece sobre la frase atribuida a «Ike» Eisenhower al preguntarle años después por qué se ganó aquella batalla: «Porque teníamos mejores meteorólogos que los alemanes».
En concreto, el filme dirigido por Anthony Maras se centra en la figura de James Stagg, un capitán, escocés y meteorólogo, que fue quien, con predicción de orfebrería, diagnosticó que, en esos días de altas tormentas, durante unas horas, se produciría un relajo suficiente para que el desembarco marítimo y el despliegue de paracaidistas pudiera llevarse a efecto. Esa cuestión, esas breves horas de bonanza, no fueron captadas por los meteorólogos alemanes, lo que hizo que se bajase la guardia lo suficiente como para permitir el desembarco y ahorrar miles de vidas en lo que igualmente fue una masacre.
Maras (1981, Adelaida, Australia) no se complica la vida. Su recreación de la historia oficial resulta canónica. Consigue que Brendan Fraser incluso se parezca al que luego sería el 34 presidente USA y se dedica a ilustrar, con el sello de la BBC, un fresco histórico. Sin sobresaltos ni experimentos, con demasiada rutina y perezosas legañas, el tono solemne y predecible del relato deja aflorar algunas cuestiones relevantes.
Al margen del hecho nunca cuantificado con exactitud de que al final de toda la operación llamada «Overlord» murieron 70.000 soldados aliados, otros tantos alemanes y más de 25.000 civiles franceses, víctimas colaterales, el filme se centra en las discusiones dentro del equipo de meteorólogos aliados ante la caricatura de personajes como Bernard Montgomery y sus urgencias bélicas. Como acontece con este tipo de películas de alta épica y escaso humanismo, la sangre se desvanece para edificar el mito de pies de barro.
Así las cosas, el interés del filme brota entre las costuras del traje del emperador, ese que aquí lleva el nombre de Eisenhower. De su incertidumbre emana percibir que el ser humano sobrevive por casualidad.
La única y verdadera lección de «Tiempo de Victoria» se cultiva alrededor del rigor del capitán Stagg, de su integridad y de su entereza. Maras se empeña en adornar el relato con tópicos emocionales, pero la moraleja que se desprende de aquella victoria es que somos hijos de la sed de sangre y la obstinación. Solo los pequeños detalles, los gestos nimios, terminan por sublimar un destino nacido para el exterminio.
