No hay director español cuyas películas hayan convocado tantos espectadores como Jaume Collet-Serra. Cuando debutó con La casa de cera (2005), lo hizo a lo grande con un filme pequeño. No es fácil empezar a dirigir y que Paris Hilton sea una de las actrices dispuestas a ser víctima del sadismo de un guión repleto de violencia extrema y mal rollo.
La sombra de lo real, por más que aquí todo sea una exagerada caricatura, acompaña desde el comienzo a los ficticios personajes de El poder del dinero del oscuro director australiano de sangre croata e italiana, Robert Luketic. Los ecos de la verdad provienen del pulso sostenido en el mundo de la ingeniería informática por Bill Gates y Steve Jobs, o si se prefiere de la guerra comercial incruenta entre Apple y Microsoft.
El tono que preside la gran estafa americana siempre aparece crispado. Las interpretaciones, en consecuencia, coquetean con el exceso, con el histrionismo. ¿La historia? La historia es puro esperpento, comedia americana, esa que entusiasma al público estadounidense pero ante la que muchos europeos se sienten incómodos por esa afectación interpretativa.
Cada cinco minutos algún actor de los que deambulan por El consejero se ve obligado a declamar una frase lapidaria. Entonces recita un pensamiento hondo de los que provocan rubor a quien los dice y vergüenza ajena en quien los escucha. Por ejemplo: “la verdad no tiene temperatura”. Y, ciertamente, hasta ahora la calidad moral de los deseos humanos no se mide en escalas Kelvin, Farenheit o Celsius.
En el espacio imaginario en el que, por un instante, intercambian las miradas el cine clásico de John Ford con la posmodernidad surrealista de David Lynch, se edifica Sólo Dios perdona. Un filme inclasificable que se quiere contemporáneo pero que no duda en utilizar los fundamentos del cine de héroes capaces de imponer la justicia, aunque eso implique quebrantar la ley.
En Caníbal, su director y coguionista, Martín Cuenca (con)forma un adagio sobre el derrumbe del bien. O, si se prefiere, sobre el privilegio del mal y su insensibilidad ante la culpa. Ese querer dar forma a este cuento de ignominia implica un giro de 180 grados. Entre el primer plano y el último, la cámara de Manuel Martín Cuenca deambula y se traslada de la víctima al verdugo. El filme se abre con un plano general para desvanecerse en negro ante el plano de un rostro.
Hay detalles que parecen gritos, pueden ser pequeñas costuras en el fuselaje fílmico (hablamos de cine) pero provocan graves dudas sobre la seriedad del prototipo. Suele pasar con los guiones. Allí donde en la palabra escrita se percibe una arruga extraña, un abrochamiento artificial, un forzamiento al verosímil; en la pantalla, ante la imagen expandida, la sombra deviene en tinieblas y el artificio evidencia toda su trampa, toda su vergüenza.




